Amor en el aire


Creo que de chibolo jodía bastante en casa. No tengo pruebas documentales, pero el hecho de que mi vieja aprovechara las vacaciones para mandarme de paseo con mi tía Luzmila me hace sospechar que, de vez en cuando, necesitaba un poco de tranquilidad.

Mi tía trabajaba como ama de llaves en el Real Club, así que algunas veces me llevaba con ella. Mi tía Luzmila me mimaba bastante. No veía muy bien y por eso es que le paraba haciendo bromas cuando caminaba con ella: yo saltaba como eludiendo un obstáculo y ella también lo hacía, y eso me daba risa. El lugar era de pitucos, de esos donde uno podía darse cuenta de que estaba en otro mundo sin necesidad de que nadie se lo explicara. Para la ocasión, mi vieja me vestía bien y hasta me ponía una cadena de plata con la Virgen del Carmen. Nunca supe si era para que pareciera más elegante o para que la virgencita me protegiera de los peligros de la alta sociedad. Pero cuando me ponía la medallita, me sentía un ángel con credenciales. Con aquella cadenita y mis sayonaras, y esos siete años, debo haber tenido una pinta bastante peculiar.

En el club había niños por todas partes, pero parecían venir con un sistema de seguridad incorporado: cada uno pegado a sus padres, que no los soltaban ni para tomar impulso. No era fácil meterse en sus grupos. Yo tampoco era de esos que se acercan a cualquiera y, en treinta segundos, ya están organizando un campeonato mundial de escondidas. Si alguien me caía bien, jugaba. Si no, podía pasarme horas explorando por mi cuenta.

Y eso hacía.

Mi tía me dejaba al cuidado del pasto y del cielo. Supongo que esperaba que saliera corriendo como un venado por las extensas áreas verdes. Pero yo era más bien cauto, observador y, para ciertas cosas, bastante desconfiado.

La piscina era otro asunto. Los niños gritaban, corrían, saltaban y nadaban como si hubieran nacido con branquias. Yo no sabía nadar. Por supuesto, a nadie le gusta exhibir sus limitaciones; así que me las arreglaba para fingir que la piscina no me interesaba demasiado. En realidad, me interesaba, pero desde una distancia prudente que me permitiera conservar la vida.

Me dedicaba a recorrer las instalaciones, o mejor dicho, a explorarlas. Había rincones, caminos, jardines y lugares donde podía estar sin que nadie me preguntara por qué no estaba jugando con los demás. El tiempo pasaba rápido, hasta que llegaba la hora del almuerzo. Mi tía me llevaba a un restaurante fuera del club porque, según ella, la comida de adentro era complicada y no tan rica. Yo no tenía argumentos para discutirle. A esa edad, uno suele aceptar las decisiones gastronómicas de los adultos, sobre todo cuando vienen acompañadas de comida.

Después de unas tres visitas, el aburrimiento comenzó a instalarse. Ya conocía buena parte del lugar y hasta los caminos que había recorrido varias veces. Algunos niños intentaban incorporarme a sus grupos, pero tanta gente junta no me hacía sentir muy cómodo. Yo prefería seguir a mi aire, sin tener que demostrar nada ni competir por un sitio en una pandilla.

Entonces se me ocurrió una idea.

Le dije a mi viejita que llevaría el clarinete para practicar en el club. Ella me había puesto una profesora de música, probablemente para que canalizara toda esa energía que, al parecer, no siempre encontraba una salida conveniente dentro de casa.

Y así fue como aparecí en el Real Club con mi clarinete.

Busqué un lugar apartado, un pequeño montículo cubierto de pasto, desde donde podía darle la espalda al centro de la piscina y tocar sin que nadie me estuviera mirando. Me acomodé allí, como quien instala su propio escenario privado, con la ventaja de que no había público que pudiera abuchear.

En esos días estaba de moda una canción llamada Amor en el aire. Mi profesora me la había enseñado y yo la practicaba una y otra vez. Me gustaba mucho, pero había una razón adicional: mi viejo la silbaba. Él solía viajar por asuntos laborales y quizás de manera inconsciente silbaba esa canción; asimismo, siempre me corregía cuando yo silbaba por silbar, sin ton ni son. Y eso, para mí, tenía un valor especial.

Así que me eché sobre el pasto, acomodé el clarinete y empecé a tocar.

Las primeras notas salieron bien. Muy bien, diría yo, aunque conviene recordar que el crítico musical de aquella presentación era yo mismo y estaba bastante satisfecho con su trabajo. Seguí con la melodía, concentrado, hasta que llegué al final. Por un momento tuve esa sensación agradable que aparece cuando algo sale como uno quería.

Cuando terminé, el silencio me hizo mucha bulla.

Entonces intenté incorporarme para ir al baño.

Había tomado varias gaseosas y mi vejiga, que no entendía de vocaciones artísticas, empezaba a exigir atención.

Pero, al levantar un poco la cabeza, descubrí que había varios adultos mirándome.

Me quedé helado.

¿De dónde habían salido? ¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Habían escuchado todo? ¿Y ahora qué se suponía que debía hacer?

Mi primera reacción fue volver a echarme. Si yo no los veía, quizá ellos tampoco me verían a mí. Una estrategia impecable, por lo menos desde la lógica de alguien que prefería pasar inadvertido.

Así que seguí tocando.

Y se acercaron más personas.

No sé si fue la curiosidad, si les había gustado la canción o si simplemente se preguntaban de dónde salía aquella música. Lo cierto es que mi pequeño escondite empezaba a convertirse en una especie de escenario. Para evitar enfrentarme a la situación, continué tocando otras melodías. Si había que quedarse allí, por lo menos que hubiera repertorio.

Pero el baño seguía siendo un asunto pendiente.

Finalmente, reuní valor, me incorporé y me puse de pie.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Empezaron a aplaudirme.

Al principio pensé que se estaban burlando. Uno nunca sabe cómo interpretar las reacciones de los adultos cuando acaba de ser descubierto haciendo algo que creía que nadie debía escuchar. Me quedé mirándolos, tratando de descifrar sus caras.

Pero no se estaban riendo de mí.

Había admiración en sus expresiones. Me habían escuchado tocar y, por alguna razón que entonces apenas podía comprender, aquello les había gustado.

Y me sentí maravillosamente bien.

No voy a decir que en ese instante descubrí mi destino artístico ni que escuché voces anunciándome una carrera de concertista internacional. Tampoco voy a inventar que el Real Club entero se puso de pie para ovacionarme... Bastaba con tocar.

Y, por primera vez en aquellas visitas, empecé a disfrutar de una atención que no había buscado.

A lo lejos apareció mi tía Luzmila. Me llamó y me dijo que me alistara, que ya era hora de ir a almorzar.

Yo había ido al club para practicar una canción y terminar con el aburrimiento. Pero aquel día me llevé algo más: la sorpresa de descubrir que una cosa que hacía por gusto, y casi a escondidas, podía despertar la admiración de los demás.

La canción se llamaba Amor en el aire.

Y quizá por eso la recuerdo todavía. Porque mi viejo la silbaba, porque yo la tocaba pensando en él y porque, sin saberlo, aquel muchacho solitario encontró en una melodía una manera de salir de su escondite.

No sé si el amor estaba en el aire del Real Club. En aquel entonces yo no entendía demasiado de esas cosas.

Pero sí sé que, por unos minutos, mientras tocaba el clarinete sobre aquel montículo de pasto, dejé de sentirme un extraño.

Y eso ya era bastante.


 

Comentarios

Entradas populares