Barbie Angee: La deuda pendiente
Hace poco le pregunté a mi amiga Nadia por qué tenía esa obsesión con las Barbies, siendo ya una mujer adulta. Porque una cosa es que te gusten las muñecas y otra es tener unas veinticinco Barbies originales, auténticas, verdaderas, acomodadas en el tocador como si fueran una colección de obras de arte que no admiten críticas ni preguntas indiscretas. Nadia me miró y comenzó a contarme una historia que, según pude entender, tenía una deuda pendiente desde hacía varias décadas.
Tenía doce años cuando su amiga y vecina Margot la invitó a la fiesta de Navidad de la empresa minera donde trabajaba su papá. El evento se realizaría en el cine Tacna, en pleno centro de Lima. Nadia fue sola, mientras que Margot llegó acompañada de su mamá y de su hermanita Lucrecia, de apenas cinco años. La fiesta prometía ser estupenda: espectáculos circenses, regalos y un sorteo que, para cualquier niño, podía convertir una tarde cualquiera en uno de esos días que se recuerdan toda la vida. Nadia no imaginaba que, efectivamente, recordaría aquella tarde durante décadas, aunque no precisamente por las razones que uno quisiera.
Después de varios números circenses, apareció el presentador para anunciar el sorteo de los premios. Trajeron el ánfora, comenzaron a girarla y la sala se llenó de esa expectativa que solamente conocen los niños cuando sienten que la suerte podría acordarse de ellos. El primer premio fue una bicicleta y se lo ganó un niño sentado al fondo de la sala. El segundo, un par de patines, fue para una niña de las primeras filas. Nadia seguía esperando, con su ticket en la mano, tratando de convencerse de que todavía quedaba una oportunidad. Porque cuando uno tiene doce años, la esperanza no necesita estadísticas ni probabilidades; basta con que el sorteo no haya terminado.
Entonces el presentador anunció el tercer premio: una Barbie original.
No una imitación, no una muñeca parecida, no una de esas que uno encuentra después en una tienda y que tiene el cabello medio raro y una expresión que parece preguntarse qué hizo para merecer semejante destino. Era una Barbie de verdad. El presentador metió la mano en el ánfora, removió los tickets y finalmente anunció el número ganador.
—¡El 41!
Nadia miró su ticket. Era el 41.
No sé qué hizo exactamente durante los siguientes segundos, pero me la imagino saltando, gritando y saliendo disparada hacia el escenario, atropellando a quien se interpusiera en su camino. Si había que pasar por encima de una fila de niños, pues se pasaba; si alguien estaba sentado, tendría que levantarse o asumir las consecuencias. ¡Era su Barbie! Por primera vez en su vida se había ganado un premio y no estaba dispuesta a permitir que la burocracia de las butacas le impidiera recibirlo.
Subió al escenario y se la entregaron. Allí estaba, entre sus manos, la muñeca que hasta unos minutos antes solo existía en sus deseos. Nadia estaba feliz, agradecida con la vida, con la empresa minera, con el presentador, con el ánfora y probablemente hasta con el señor que había impreso los tickets. Y como la ocasión lo merecía, decidió bautizar a su Barbie con un segundo nombre: Angee.
Desde ese momento ya no era solamente Barbie. Era Barbie Angee, la muñeca que había llegado a su vida gracias a un golpe de suerte que, a sus doce años, seguramente interpretó como una señal de que el universo también podía ponerse de su lado.
Pero mientras Nadia celebraba su victoria, la mamá de Margot tenía una expresión extraña. No estaba precisamente compartiendo la alegría de la ganadora. Su rostro mostraba una incomodidad que parecía crecer con cada minuto que Nadia pasaba abrazada a su premio. Hasta que, finalmente, se acercó y le pidió la muñeca.
No para admirarla. No para felicitarla. No para preguntarle si podía verla un ratito.
La quería para dársela a Lucrecia, su propia hija, que tenía cinco años.
Nadia no dijo nada.
Imagino que a los doce años uno todavía no tiene suficientes herramientas para comprender ciertas injusticias de la vida. Nadia había ganado el premio con su ticket, había corrido hasta el escenario, había recibido la muñeca y hasta le había puesto nombre. Sin embargo, de pronto apareció una adulta que, por alguna razón, consideró que todo aquello podía resolverse quitándole la Barbie a la ganadora y entregándosela a una niña más pequeña. Una solución práctica, sin duda, sobre todo si uno considera que la pequeña beneficiaria era su propia hija.
Tal vez la señora pensaba que, como ella había invitado a Nadia a través de Margot o como de alguna manera había intervenido en su asistencia a la fiesta, tenía algún derecho sobre el premio. Pudo haber pensado que la suerte no pertenecía a quien tenía el ticket ganador, sino al ticket mismo, o que la felicidad de una niña de doce años podía sacrificarse sin mayor trámite para evitar la frustración de una de cinco. No sé qué argumentos utilizó, si es que utilizó alguno. Lo cierto es que Nadia se quedó sin su Barbie.
Al terminar la fiesta, regresó a casa con la esperanza de que la muñeca volviera a sus manos. Quizá pensó que la señora recapacitaría, que se daría cuenta de lo que había hecho y que finalmente le devolvería a Angee. Pero no ocurrió nada de eso. Nadia se despidió y se fue sin su premio, mientras la Barbie que había ganado legítimamente terminaba en manos de Lucrecia.
Nadia llegó a su casa con un nudo en la garganta. Había ido a una fiesta navideña, había ganado su primer premio y había regresado sin él. La alegría de aquella tarde se había convertido en una de esas tristezas infantiles que los adultos suelen considerar insignificantes, porque desde su perspectiva se trata solamente de una muñeca. Pero para Nadia no era solamente una muñeca. Era su primer premio, su primera gran suerte, su Barbie original, auténtica, verdadera. Y, sobre todo, era Angee.
Ahora entiendo un poco mejor por qué Nadia tiene unas veinticinco Barbies originales en su tocador. Durante años pensé que se trataba de una afición que había sobrevivido a la infancia, una colección que fue creciendo con el tiempo. Pero quizá cada una de esas muñecas sea una pequeña forma de recuperar algo que le quitaron cuando tenía doce años. Tal vez ninguna sea Angee, aunque todas tengan la misión de recordarle que esta vez nadie va a quitárselas.
Y, pensándolo bien, hay cosas que uno no supera del todo. A veces las guarda en algún rincón de la memoria y sigue con su vida, hasta que un día alguien pregunta por qué tiene tantas Barbies y aparece, desde el fondo de la historia, una señora que probablemente ya ni se acuerda de aquella fiesta navideña.

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