Una carta, cinco años y un pedido que nunca olvidé

Estaba buscando unos documentos para hacer unos trámites cuando, entre papeles que hacía años no veía, apareció una carta. La reconocí inmediatamente. Era una carta de noviembre de 1996, enviada por la Hermandad del Señor de los Milagros de Nazarenas, dirigida a mí cuando yo era jefe de la División de Mantenimiento y Servicios Generales del Hospital Nacional Guillermo Almenara Irigoyen.

La tuve unos instantes entre las manos y, al verla, regresé mentalmente a una historia que había ocurrido muchos años atrás. Pero, curiosamente, no regresé primero a 1996. Regresé al 19 de junio de 2001. El día anterior había muerto mi mamá.

Al día siguiente, mi papá le entregó aquella carta a Miriam, mi esposa. Y mientras se la daba, le dijo:

—La gordita la guardaba como oro.

“La gordita” era mi mamá.


Miriam recibió la carta y fue entonces cuando recordó algo que yo, después de cinco años, prácticamente había olvidado.

En octubre de 1996, el médico que atendía a mi mamá me había dicho que solamente le quedaban algunos meses de vida. No quise creerle. Creo que, en realidad, ni siquiera quise escuchar lo que me estaba diciendo.

Cuando se trata de la propia madre, uno puede entender perfectamente las palabras que dice el médico y, al mismo tiempo, negarse completamente a aceptar lo que significan.

Mi mamá era muy devota del Señor de los Milagros y justamente por esos días se presentó una oportunidad bastante particular: la imagen del Señor de los Milagros iba a ingresar al Hospital Guillermo Almenara. Yo era el jefe de la División de Mantenimiento y Servicios Generales y, por las funciones que tenía, me correspondía participar en la organización de todo lo necesario para que aquella visita pudiera realizarse.

Así que me comprometí con la gestión. Pero había algo más: mi mamá estaba enferma y yo tenía algo que pedir.

No pedí un ascenso, ni dinero, ni que me solucionaran algún problema de trabajo. Tampoco pedí nada para mí.

Pedí que el Señor de los Milagros le concediera cinco años más de vida a mi mamá.

Cinco años. No sé por qué cinco. Quizá porque en ese momento me parecieron muchos. Quizá porque uno, cuando tiene miedo de perder a alguien, pide lo que cree que todavía puede alcanzar.

La gestión se realizó y, el 12 de noviembre de 1996, recibí una carta de la Hermandad agradeciendo la organización de aquella visita. Pero había algo en esa carta que, muchos años después, terminó adquiriendo para mí un significado completamente diferente.

En la parte superior del documento, como parte del trámite interno, aparece mi propio proveído manuscrito:

“A Sra. Virleta Castillo: Mamá.”

Y en el asunto escribí:

“Transmito bendiciones y éxitos para ti y todos ustedes, que todos los males desaparezcan... La gestión que se menciona, la hice por ti.”


Después de eso, la vida siguió. Mi mamá siguió viviendo, yo seguí trabajando y aquella carta terminó guardada por ella. No sé exactamente dónde la tuvo durante esos años. Tampoco sé cuántas veces la volvió a leer.

Pero el 17 de junio de 2001 mi mamá murió. Y al día siguiente mi papá sacó aquella carta y se la entregó a Miriam.

—La gordita la guardaba como oro.

Miriam la recibió y recordó mi pedido. Hizo la cuenta: cinco años. Fue ella quien me lo hizo notar.

—Beto, tú pediste cinco años.

Y después me dijo:

—Esto es un milagro.

Yo, en ese momento, pensé que probablemente era una coincidencia. Después de todo, cinco años no son una cantidad imposible de encontrar entre una fecha y otra. Una persona puede vivir cinco años, diez o veinte. No había ninguna fórmula matemática que me obligara a llamarlo milagro.

Pero había algo que me incomodaba.

La carta.

Mi mamá la había guardado durante esos cinco años. Mi pedido estaba escrito allí. La fecha estaba allí. Y ella había muerto cinco años después.

Con el tiempo, volví a darle vueltas a aquella historia. Yo siempre he tenido la tendencia a buscar explicaciones. Si algo ocurre, quiero saber por qué ocurre. Si aparece una coincidencia, trato de encontrarle una explicación.

Pero aquí había algo más: no era solamente que mi mamá hubiera vivido cinco años. Estaba la carta, que ella la hubiera conservado, que mi papá se la hubiera entregado a Miriam justamente al día siguiente de su muerte y que Miriam fuera quien recordara aquel pedido que yo había hecho cinco años antes.

Entonces pensé que quizá Miriam había entendido algo antes que yo.

No sé si aquello fue un milagro. Miriam sí lo tuvo claro desde el principio. Yo necesité más tiempo. Mucho más.

Pero hay algo de lo que sí me arrepiento.

Si hubiera sabido que aquel pedido podía cumplirse de esa manera, habría pedido más años. Muchos más. No cinco. Cincuenta. Cien. Mil...

Porque cinco años pueden parecer una cantidad enorme cuando uno los está pidiendo desesperadamente. Pero cuando se trata de la vida de una madre, uno descubre después que cinco años no son casi nada.

Hoy vuelvo a mirar aquella carta. Ya no es solamente un documento de 1996.

Es una carta que mi mamá guardó durante cinco años, una carta que mi papá entregó a Miriam diciendo “La gordita la guardaba como oro” y una carta que me recuerda algo que, en realidad, nunca debí olvidar.

Cuando uno tiene la posibilidad de pedirle algo al Señor de los Milagros por la persona que más quiere… no debe ser tan tacaño con los años.

Yo hubiera pedido mil.

 




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