BTS: cuando la admiración empieza a parecerse a la fe

Hay cosas que uno observa y, aunque no quiera, termina preguntándose qué está pasando. Eso me ocurrió viendo el entusiasmo que ha provocado la llegada de BTS al Perú: miles de fans esperando, gritando, llorando, llevando fotografías, muñecos, luces, videos y toda una colección de objetos que, para quien está fuera del fenómeno, pueden parecer parte de una ceremonia cuidadosamente organizada. No estoy diciendo que BTS sea una religión ni que sus seguidores hayan cambiado de credo, pero cuando uno mira el fenómeno con un poco de distancia aparecen algunas semejanzas curiosas con eso que llamamos devoción.

Porque una religión no está formada solamente por una creencia. También tiene símbolos, rituales, relatos, comunidad, fechas especiales, testimonios y, sobre todo, una fuerte conexión emocional. Y alrededor de BTS aparecen prácticamente todos esos elementos.

El grupo no se ha limitado a producir canciones. Buena parte de su narrativa gira alrededor de temas como la autoestima, la identidad, las dificultades emocionales y la necesidad de aceptarse a uno mismo. Su conocido “Love Yourself” llegó a significar para muchos seguidores algo más que el título de una serie musical. Hay fans que cuentan que conocieron a BTS en momentos difíciles y que sus canciones les sirvieron de compañía. La frase “los encontré cuando más los necesitaba” tiene una estructura que resulta bastante conocida: alguien estaba pasando por un momento complicado, encontró algo que le dio consuelo y después comenzó a formar parte de una comunidad que compartía una experiencia parecida. No necesariamente es una conversión religiosa, pero emocionalmente puede parecerse bastante.

A mí me ocurrió algo parecido, aunque con una música que probablemente llegó a mi vida bastante desfasada. La bossa nova de Carlos Jobim apareció en un momento en que necesitaba precisamente eso: calma, tranquilidad y un poco de ensueño. Y me fui metiendo en ella casi sin darme cuenta. Durante un tiempo prácticamente no escuchaba otra cosa. Volvía una y otra vez a Jobim, a Vinicius de Moraes y, sobre todo, a las cientos de versiones de Garota de Ipanema. La canción terminó acompañándome de una manera que difícilmente podría explicar con criterios puramente musicales. Tanto, que en algún momento necesitaba conocer el lugar donde todo aquello había comenzado. Y terminé sentado en el local Garota de Ipanema, en el barrio de Ipanema, Río de Janeiro, tratando de sentir, a mi manera, la vibra de Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, mientras miraba a aquella Heloísa que se convirtió en la garota más famosa del planeta. Quizás suene exagerado, pero podría decir que aquella bossa nova me salvó la vida.

Y ahí está precisamente el punto. Una música puede llegar a nuestra vida en el momento exacto en que la necesitamos y dejar de ser solamente música. Puede convertirse en compañía, refugio, recuerdo, identificación e incluso en una especie de lugar emocional al que uno regresa cuando necesita estar bien. No hace falta que nadie nos explique por qué ocurre. Simplemente ocurre.

Después están los símbolos. BTS tiene su color morado, las Army Bomb, corazones, fotografías, objetos coleccionables, aniversarios y toda una serie de códigos que los integrantes de ARMY reconocen inmediatamente. Y aquí, para nosotros los limeños, aparece una coincidencia particularmente simpática: el morado ya tenía dueño, en octubre. Durante generaciones lo hemos relacionado con el Señor de los Milagros, las procesiones de octubre y esa inmensa marea morada que recorre Lima. Ahora resulta que también puede representar a BTS.

Pero los símbolos son solamente una parte del asunto. También existe una historia. BTS desarrolló el llamado BTS Universe, una narrativa que se extiende por videos musicales, libros, webtoons y otros contenidos, con elementos de viajes en el tiempo, sacrificios, culpa y redención. Y los seguidores no se limitan a mirar: buscan pistas, relacionan escenas, interpretan símbolos y construyen explicaciones. Algunos llegan a encontrar conexiones con Jung, la mitología o la literatura. Es decir, hay personas que no solamente escuchan las canciones: las estudian.

Y cuando muchas personas estudian, interpretan y comentan juntas una misma historia, aparece una comunidad. ARMY no es simplemente un grupo de personas al que le gusta BTS. Tiene códigos, actividades, celebraciones, fanchants, campañas y acciones colectivas. Incluso han organizado importantes iniciativas de ayuda y donaciones asociadas a distintas causas. La pertenencia deja entonces de significar solamente “me gusta este grupo” y comienza a convertirse en “yo pertenezco aquí”. Y pertenecer a algo, especialmente en tiempos en que muchas personas se sienten aisladas, tiene un enorme poder.

Hay otro elemento que probablemente explique buena parte de esta intensidad: la vulnerabilidad. BTS ha mostrado a sus integrantes cansados, emocionados, frustrados, llorando o hablando de dificultades personales a través de transmisiones, documentales, entrevistas y redes sociales. Eso favorece lo que en comunicación se denomina una relación parasocial: el seguidor siente que conoce personalmente al artista. Sabe cómo habla, cómo ríe, reconoce sus gestos, conoce sus problemas y ha visto momentos que parecen íntimos. Naturalmente, la relación no es realmente recíproca; el artista no conoce personalmente a cada uno de sus millones de seguidores. Pero emocionalmente puede sentirse así.

Y entonces ocurre algo curioso: el fan deja de sentirse solamente espectador. Siente que también tiene una responsabilidad con el grupo. Si BTS agradece permanentemente a sus seguidores y les atribuye parte de su éxito, se produce una especie de reciprocidad emocional: “ellos estuvieron conmigo cuando los necesitaba y yo estaré con ellos cuando me necesiten”. En ese momento ya no estamos hablando solamente de consumo musical. Estamos hablando de identidad, pertenencia y afecto.

Quizás por eso mi propia experiencia con la bossa nova no me permite mirar este fenómeno únicamente desde fuera. Yo también tuve una música que llegó cuando la necesitaba, que se convirtió en compañía, que ocupó un espacio emocional y que terminó llevándome físicamente hasta el lugar donde nació una canción que ya sentía como parte de mi propia historia. Evidentemente, las experiencias no son iguales y tampoco estoy comparando a BTS con Carlos Jobim. Lo que se parece es otra cosa: esa capacidad que tiene la música para entrar en una vida y quedarse viviendo allí.

Por eso, cuando uno ve las imágenes de una multitud esperando a BTS, las luces moradas encendidas, los gritos, las lágrimas y miles de personas compartiendo exactamente la misma emoción, resulta demasiado fácil decir: “Están exagerando”. Pero quizá conviene recordar que desde fuera casi todas las pasiones parecen exageradas. Hasta que alguna vez nos toca una.

Tal vez quienes esperan a BTS no encontraron solamente música. Encontraron compañía, identificación, una historia en la cual participar y, sobre todo, un grupo humano al cual sentir que pertenecen.

Eso no convierte a BTS en una religión. Pero sí muestra que algunos mecanismos de la devoción pueden aparecer también fuera de las religiones tradicionales: símbolos, rituales, comunidad, relatos, testimonios y una fuerte experiencia emocional compartida.

Y quizá esa sea la parte que más me interesa de todo esto: no entender por qué alguien puede llorar escuchando una canción que yo nunca escucharía, sino recordar que, en algún momento de nuestra vida, casi todos terminamos encontrando una música que llega justo cuando la necesitamos.





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