Mi primer reclamo
Mi primer día en el Colegio Independencia en Miraflores (1ro. A) empezó bastante temprano. Mi vieja me levantó de madrugada y, como era de esperarse, también me hizo desayunar temprano.
El problema fue que, a media mañana, yo ya estaba con un hambre de esas que no permiten concentrarse ni en las cosas más importantes de la vida, como la explicación de un profesor que en la pizarra sumaba letras en vez de números.
Sentado en mi carpeta, fingía seguir la clase, asentía de vez en cuando y hasta ponía cara de estar comprendiendo algo, pero mi cabeza estaba en otra parte: un pan francés crujiente, recién salido del horno, con un huevo frito en el medio y una taza de café. No pedía mucho. Tampoco estaba solicitando una beca en Harvard.
Por fin sonó el timbre del recreo. El salón se vació en segundos y yo salí disparado hacia el kiosco, donde ya había una cola respetable. Mientras avanzaba, mi imaginación seguía trabajando a toda máquina. Faltaban tres alumnos delante de mí, luego dos, luego uno. Ya casi podía sentir el crujido del pan entre los dientes, y la yema semi cocida del huevo frito con su pizca de sal.
Llegó mi turno. Pedí el pan con huevo y la señora me cobró por adelantado. Pagué y me quedé observando la operación, como quien supervisa una obra cuya calidad le interesa particularmente. La señora rompió un huevo, lo puso en un plato y, con la misma mano con la que acababa de recibir mi moneda, lo partió por la mitad, yema incluida.
Me quedé mirándola. ¿Cómo era posible que manipulara el huevo con esa mano? Acababa de tocar dinero, que seguramente había pasado por otras tantas manos durante la mañana. Pero, bueno, pensé, el hambre puede más que ciertos escrúpulos. A los diez años uno todavía no conoce la palabra inocuidad alimentaria, pero ya empieza a sospechar que algunas cosas no están del todo bien.
Entonces vino la segunda sorpresa. La señora no echó el huevo entero a la sartén, sino solamente una mitad. La otra, supongo, tendría un destino tan misterioso como el de las medias que desaparecen en la lavadora. Por un instante pensé que quizá a los niños nos correspondía medio huevo por alguna disposición administrativa que yo desconocía. Sin embargo, en mi casa mi mamá nos servía por lo menos dos huevos duros, así que aquella política alimentaria del colegio me resultaba difícil de aceptar.
Esperé el pan. Y cuando finalmente llegó, descubrí que tampoco era francés, ni crujiente, ni parecía del día. Era un pan pequeño, de esos que dan la impresión de haber sido escogidos expresamente para que medio huevo pudiera ocuparlo sin sentirse incómodo.
Ahí se acabó mi paciencia.
No sé si fue la demora, la manipulación poco higiénica, el tamaño del pan o, sobre todo, la revelación de que había pagado por un huevo y estaba recibiendo la mitad. Probablemente fue todo junto. Lo cierto es que la indignación terminó ganándole al hambre, lo cual, tratándose de un niño, ya era un acontecimiento digno de estudio.
Devolví el pan y reclamé. Le expliqué a la señora que yo había pagado por un pan con huevo frito completo, no por un pan con medio huevo frito. La diferencia me parecía elemental, casi matemática: si uno paga por un huevo, recibe un huevo. No sabía todavía que en el mundo de los negocios algunas personas manejan sus propias reglas aritméticas.
Percibí que la señora —con trenzas muy negras y cejas muy juntas, cuyo aspecto me producía un inexplicable rechazo inmediato— se indignó incluso más que yo. Me gritó con dejo andino que ella siempre vendía medio huevo frito a cada niño, que todos lo sabían y que nadie se había quejado. Lo dijo como si aquella costumbre tuviera fuerza de ley y yo fuera un pequeño subversivo que acababa de poner en peligro el orden institucional del kiosco.
Pero yo ya había empezado y no iba a retroceder tan fácilmente. Le dije que me quejaría ante el doctor Baca, director del colegio.
Mientras sonaba un huayno en A.M. en Radio Agricultura dentro del kiosko (pero que se escuchaba a todo volumen en el patio), la señora soltó una carcajada y me respondió que fuera nomás. En su tono había algo más que seguridad: parecía estar convencida de que mi amenaza no tendría ningún efecto, como si tuviera algún tipo de protección o vara dentro del colegio.
Y allí me quedé, con mis diez años, mi hambre intacta y una sensación nueva: la de descubrir que reclamar lo que uno considera justo no garantiza que alguien esté dispuesto a escucharlo.
Lo que todavía no sabía era si terminaría quejándome con el director…
Al final no lo hice completamente, sino que me quedé a mitad de la Dirección, tratándome de convencer de que mi primer reclamo debía ser justo: a medio huevo, medio reclamo.

Comentarios