Sabor a vainilla
Recuerdo que era domingo, el segundo domingo de mayo, y yo tenía seis años. Mi hermana mayor —bueno, era mi prima hermana, pero esa es otra historia— de doce años, estaba preocupada porque no teníamos nada que regalarle a mi mamá por el Día de la Madre. Desde temprano, Adita andaba contando unas moneditas que guardaba en su alcancía, una lata de leche Gloria que había pasado a mejor vida como envase, pero que ahora cumplía una función financiera. El problema era que las monedas no alcanzaban.
Me lo hizo saber con una expresión que no era exactamente de preocupación económica; había en ella algo de reproche, como si yo tuviera alguna responsabilidad en la crisis presupuestal de la familia.
Yo, en cambio, ya tenía resuelto el asunto. Había preparado una tarjetita con un poemita que, a mis seis años, me parecía una obra de arte, una de esas cosas que uno escribe con el corazón y que después, cuando aprende a escribir mejor, descubre que no necesariamente eran una maravilla, aunque eso no les quita su valor. Estaba orgulloso de mi creación, hasta que Adita me hizo ver que una simple tarjeta no era suficiente, que mi mamá merecía mucho más. Y ahí me sentí tacañito, pero tacañito de verdad, como si estuviera intentando pasar por generoso con una inversión emocional de costo cero.
Claro, ahora sospecho que mi hermana estaba utilizando una técnica de manipulación bastante eficaz para su edad. Primero me hizo sentir culpable y luego me presentó la solución, que ya tenía perfectamente diseñada: ir a la tienda Tía, en la calle Schell, en Miraflores, y conseguir allí los regalos que nuestra precaria economía familiar no podía financiar. Iríamos caminando, por supuesto, porque tampoco había plata para los pasajes. Una expedición comercial con presupuesto cero.
Le pregunté qué íbamos a hacer en la tienda si no teníamos dinero. Adita me explicó su plan con una naturalidad que me dejó helado: íbamos a sacar unos regalos para mi mamá.
¡Pucha! Me opuse tajantemente. Eso era robar, así de simple. Además, ¿qué pasaría si nos descubrían? No sé si a esa edad conocía bien las consecuencias legales del delito, pero tenía bastante claro que salir de una tienda con algo que no habíamos pagado no era precisamente una conducta ejemplar. Mi sistema moral, por lo visto, ya funcionaba; lo que no tenía todavía era suficiente experiencia para defenderlo frente a una prima hermana con recursos persuasivos superiores.
Pero el chantaje emocional seguía haciendo su trabajo. ¿Eso era todo lo que mi mamá merecía? ¿Una tarjetita con un poemita? Adita había conseguido que mi regalo, que hasta hacía unos minutos me parecía maravilloso, comenzara a darme vergüenza. Finalmente, vencido por la culpa y por esa necesidad infantil de no quedar como el más tacaño de la familia, terminé acompañándola.
Llegamos a la tienda Tía. Antes de entrar, Adita me dio las últimas instrucciones: tenía que poner cara normal, caminar tranquilo y no mirar demasiado al vigilante. Lo de poner cara normal me resultó particularmente complicado, porque yo sentía que llevaba escrito en la frente todo lo que estaba pensando. Además, el vigilante me parecía un hombre que había dedicado su vida a detectar niños sospechosos, y yo estaba convencido de que, apenas cruzara la puerta, iba a reconocer en mí al futuro delincuente.
Entramos. Adita se fue por el lado derecho, hacia unos estuches de perfumes y jabones. A mí me correspondía el lado izquierdo, donde debía encontrar algo apropiado para mi mamá. No recuerdo si eran jabones, atunes o alguna otra cosa, porque el catálogo de posibilidades no estaba muy claro y, además, yo tenía asuntos más urgentes que atender: vigilar al vigilante, controlar mi expresión facial y decidir si estaba dispuesto a convertirme en ladrón por amor filial.
Miraba los productos, los volvía a mirar y, de vez en cuando, echaba un ojo al vigilante. Intentaba parecer un cliente normal, aunque sospecho que ningún cliente normal se queda tanto tiempo frente a un estante sin decidirse por nada. Justo cuando estaba por agarrar un estuche que me pareció bonito, pasó una señora y me soltó un «No estorbes, niño», porque yo estaba parado en medio del pasillo, esperando el momento propicio para retirar el regalo sin pagar.
La señora siguió su camino, pero mi oportunidad se había esfumado. No pude hacerlo.
A lo lejos vi que Adita ya había salido de la tienda. Debajo de la chompa llevaba escondido algo que, desde mi posición, parecía una victoria. Me sentí inútil. Mi hermana había cumplido su misión y yo seguía allí, paralizado frente a los estantes, como un delincuente que no conseguía graduarse.
Pero tampoco era justo que solo ella llevara un regalo para mi mamá. Así que respiré hondo, reuní el valor que me quedaba y agarré un frasquito de vainilla, chiquitito, que me pareció una elección razonable. Si me descubrían, pensé, quizá la condena no sería tan larga. No sé de dónde saqué esa idea ni si a los seis años tenía alguna noción de lo que era una pena de cárcel, pero la posibilidad de pasar muchos años encerrado por un frasquito de vainilla me parecía desproporcionada. La justicia, incluso en mi imaginación infantil, debía tener sus límites.
Salí de la tienda y me encontré con Adita, que me mostró el estuche de perfume y jabón que había «conseguido». Luego miró mi frasquito de vainilla y me gritó, con una indignación que todavía recuerdo:
—¡¿Eso nomás?!
En ese momento experimenté una combinación de sentimientos que, con los años, he aprendido a reconocer en distintas circunstancias de la vida. Por un lado, me sentía culpable por haber sacado algo de una tienda sin pagar. Por otro, me sentía culpable por no haber sacado algo de mayor valor. Es decir, había conseguido hacer algo que consideraba malo y, encima, me reprochaba no haberlo hecho suficientemente bien. Adita había logrado una hazaña pedagógica: en una sola mañana me había enseñado que la culpa puede venir en dos presentaciones y que ninguna de ellas resulta particularmente agradable.
Bueno, el delito ya estaba consumado. Regresamos a casa y Adita sacó unos papeles de regalo usados que guardaba quién sabe desde cuándo. Los extendió, los alisó cuidadosamente y los planchó para que parecieran nuevos. Después envolvió el perfume y el jabón, por un lado, y mi frasquito de vainilla, por el otro. La operación de presentación fue bastante más profesional que la de adquisición.
Llegó el momento de entregar los regalos. Mi mamá nos abrazó y nos besó, contenta con el detalle. Yo le entregué el mío sin decir una palabra sobre su procedencia. No recuerdo qué hice con la tarjetita del poemita ni si se la entregué también; lo que sí recuerdo es que, por un instante, todo pareció haber salido bien. Mamá estaba feliz, Adita había cumplido su misión y yo había sobrevivido a mi primera operación delictiva, aunque con resultados comerciales bastante modestos.
Ese mismo domingo, mi mamá preparó chicha morada y le echó mi frasquito de vainilla.
Y ahí terminó la historia, al menos en lo que respecta al destino del regalo. La vainilla cumplió su función, la chicha morada tuvo su aroma y yo me quedé con una experiencia que no figuraba en ningún manual de educación moral. Mi mamá nunca supo —o nunca me dijo que lo sabía— de dónde había salido aquel pequeño frasco. Tampoco sé si alguna vez le habría parecido gracioso enterarse de que uno de sus regalos del Día de la Madre había sido obtenido en una tienda de Miraflores mediante una operación que hoy, con toda seguridad, no recomendaría a nadie.
Aunque, claro, mi mamá nunca llegó a saber que aquella chicha morada tenía un ingrediente con antecedentes penales.

Comentarios