Esos nombres tan exactos

Tengo una extraña teoría. No sé si podrá demostrarse científicamente o si estoy buscando explicaciones donde solamente hay coincidencias. Pero hay cosas que, cuando uno las descubre, ya no puede dejar de mirarlas. Y si encima uno tiene cierta debilidad por los números, la situación se complica, porque termina sospechando que hasta el amor podría esconder alguna regularidad matemática.

Todo empezó cuando me dio por revisar los nombres de las mujeres de las que me había enamorado. No fue una investigación planificada, ni mucho menos. Tampoco tenía la intención de escribir una tesis sobre mis fracasos sentimentales, que material habría habido de sobra. Simplemente se me ocurrió observar si existía alguna relación entre sus nombres, como quien revisa una vieja libreta y descubre que todavía quedan asuntos pendientes con la curiosidad.

Empecé por Miriam, mi esposa. Luego repasé mentalmente los nombres de aquellas otras mujeres que, por diversas razones, no tuvieron la dicha de casarse conmigo. ¡Qué pana! Algunas decisiones de la vida son inexplicables, aunque debo reconocer que, visto el asunto desde la perspectiva de ellas, quizá no tanto.

María (03), Carmen, Karina (02), Lorena, Mariella, Margot, Sorayda... Allí estaban, formando una pequeña colección de recuerdos, algunos más nítidos que otros. Nombres asociados a ilusiones, conversaciones y a esa extraña capacidad que tenemos para imaginar un futuro completo a partir de una mirada o una sonrisa.

Los observé con atención, dispuesto a encontrar alguna regularidad. Podía contar las letras de cada nombre, ordenarlos cronológicamente y comprobar si aparecía alguna relación con los números primos. También podía compararlos con los decimales de Pi, porque, cuando uno se pone matemático, cualquier cosa puede terminar convertida en una variable.

Pero nada. Ni los números primos ni Pi parecían tener responsabilidad alguna en mis elecciones amorosas.

Por un momento pensé que mi teoría había nacido muerta. Hasta que apareció el nombre de mi madre.

Virleta.

Mi vieja tenía un nombre tan poco común que siempre me ha llamado la atención. No es de esos nombres que uno escucha en una reunión y encuentra tres personas que responden al mismo tiempo. Virleta es Virleta. Si uno conoce a otra persona con ese nombre, lo más probable es que se detenga a preguntarle si existe alguna historia detrás de él.

Y, efectivamente, había una posible explicación. Según se cuenta, el nombre que se pretendía registrar era Violeta, pero al escribirlo a mano en la partida de nacimiento, la letra «o» pudo haberse confundido con una «r». Un pequeño error de escritura, un trazo que no terminó como debía y, de pronto, una niña que pudo llamarse Violeta acabó llamándose Virleta.

No sé si ocurrió exactamente así. La historia tiene cierta lógica, aunque tampoco contamos con una máquina del tiempo que nos permita observar al funcionario mientras llenaba el documento. Lo que sí sabemos es que en los documentos posteriores el nombre aparece como Virleta. La tercera letra quedó establecida: una R.

Y aquí es donde mi investigación, que hasta ese momento no había producido ni siquiera una conclusión mediocre, comenzó a ponerse interesante.

Volví a revisar los nombres de las mujeres que habían despertado mi interés sentimental. Esta vez no conté las letras ni busqué números primos. Me limité a observar una posición muy concreta: la tercera letra de cada nombre.

Y entonces apareció la coincidencia.

La tercera letra de todos esos nombres era la R.

No una letra cualquiera, sino precisamente la que distinguía el nombre de mi madre del nombre Violeta, que quizá debió tener. La misma R que convirtió a Virleta en Virleta y que, sin que yo lo hubiera advertido durante años, parecía repetirse en los nombres de las mujeres que habían ocupado un lugar importante en mi vida sentimental.

Me quedé pensando.

¿Era posible que hubiera algo detrás de aquella coincidencia? ¿Una preferencia inconsciente que yo mismo desconocía? ¿O estaba haciendo lo que hacemos tantas veces los seres humanos: encontrar patrones porque nuestra mente disfruta conectando puntos, incluso cuando nadie garantiza que deban estar conectados?

No tengo la menor idea. Pero la posibilidad me divierte.

Uno suele pensar que elige a una mujer porque le gusta su carácter, su manera de conversar, su sentido del humor o esa combinación de detalles que resulta imposible explicar sin terminar hablando durante una hora. Sin embargo, quién sabe si nuestras elecciones tienen algún componente que ni siquiera alcanzamos a reconocer.

Tal vez exista una pequeña oficina en algún rincón de la mente donde se procesan preferencias que uno desconoce. Me imagino al funcionario revisando los nombres antes de autorizar el enamoramiento: «Veamos, señor Espinoza, la candidata parece interesante, pero necesitamos comprobar la tercera letra. ¿R? Perfecto, puede continuar».

Naturalmente, no hay ninguna razón para creer que las cosas funcionen así. No conozco ningún estudio que demuestre que los hombres eligen a sus parejas por la tercera letra de sus nombres. Y si existiera, habría que revisarlo con cuidado. No vaya a ser que alguien termine cambiándose el nombre para mejorar sus posibilidades matrimoniales.

Lo curioso es que mi esposa también cumple con la regla. Miriam tiene una R como tercera letra. Y eso le da a la coincidencia un lugar especial en mi pequeña investigación, porque no se trata solamente de mujeres vinculadas a romances del pasado, sino también de la mujer con quien finalmente compartí mi vida.

¿Será una fijación edípica, como se me ha ocurrido pensar, pero expresada de una manera tan peculiar que parece haber pasado por una calculadora antes de instalarse en mi cabeza? ¿O estaré construyendo una teoría a partir de una coincidencia que me resulta demasiado simpática para dejarla pasar?

Probablemente nunca lo sepa. Para demostrar algo así tendría que revisar más casos, buscar excepciones y comprobar que no estoy seleccionando únicamente los nombres que favorecen mi hipótesis. La ciencia tiene esa mala costumbre de pedir pruebas justo cuando uno empieza a entusiasmarse con sus propias conclusiones.

Mientras tanto, yo sigo dándole vueltas al asunto. Me causa gracia pensar que una letra, quizá nacida de un error de escritura en una partida de nacimiento, pueda haber terminado convertida en protagonista de una historia que abarca toda mi vida sentimental.

Si mi madre se hubiera llamado Violeta, ¿habría llegado a la misma conclusión? ¿Me habría fijado en mujeres cuyos nombres tuvieran una O como tercera letra? ¿O habría encontrado otro patrón, quizá con los números primos, con Pi o con alguna combinación matemática que todavía no se me ha ocurrido?

No tengo cómo saberlo. Y tampoco pienso someter a Miriam a un interrogatorio para averiguar si alguna vez sospechó que su nombre cumplía con un requisito secreto de selección. Bastante tiene uno con la vida cotidiana como para añadirle una auditoría al matrimonio.

Por ahora, me quedo con mi extraña teoría. No puedo demostrarla y tampoco pretendo convertirla en una explicación universal del amor. Pero las coincidencias están allí, al menos en los nombres que he recordado, y me han dejado pensando.

Quizá todo sea casualidad. Quizá mi cerebro haya encontrado una regularidad y después haya construido una historia alrededor de ella. O quizá simplemente me divierta imaginar que hay algo más detrás de una letra que se repite.

Lo único que tengo claro es que, después de descubrirlo, ya no puedo leer esos nombres de la misma manera.

Y ahora, cada vez que conozco a una mujer, tengo que hacer un esfuerzo para no mirar mentalmente la tercera letra de su nombre.

Porque uno puede tener muchas teorías sobre el amor, pero hay que reconocer que ninguna resulta tan incómoda como sospechar que, después de tantos años creyéndose dueño de sus decisiones sentimentales, quizá haya estado obedeciendo a una letra.

Una R.

La tercera, para ser exactos.

 



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