Esas palabras que se me trababan…


Dos. Doce. Dedo. Dosis. Domingo.

Había algo extraño en esas palabras. Todas tenían una cosa en común: cuando intentaba pronunciarlas, algunas veces la voz se me trababa. También me ocurría con otras: porque, pera, puerta, papa; y con mesa, matemática, más, memorándum. Durante mucho tiempo no entendí por qué.

Mi tartamudez había empezado cuando tenía más o menos siete años. En realidad, de niño hablaba demasiado rápido. Mi padre me decía que hablara más despacio, que pronunciara bien las palabras, porque muchas veces ni él me entendía. Yo trataba de hacerlo, pero me desesperaba hablar lento y terminaba ocurriendo lo contrario: las palabras salían a una velocidad tremenda y nuevamente nadie entendía mucho.

Con los años aprendí a controlar un poco la velocidad. Había momentos en que hablaba normalmente y otros en que me bloqueaba justamente por intentar evitar hablar rápido.

Mis padres se preocuparon y buscaron ayuda. Pagaron tratamientos que en aquella época eran costosos y probamos distintas alternativas, pero los resultados no fueron satisfactorios. En uno de esos centros médicos les dieron algunas posibles explicaciones: podía tratarse de algún trauma de la infancia; quizá tenía un flujo muy grande de ideas y, al intentar expresarlas, las palabras se trababan; o tal vez el problema tenía relación con que yo había nacido zurdo y de niño me habían obligado a utilizar la mano derecha.

No sé cuál de esas explicaciones tenía fundamento. Mis padres las recibieron como posibilidades y siguieron buscando una solución. Yo, mientras tanto, seguía tartamudeando.

En primaria no tuve mayores problemas. Estaba entre patas, con compañeros que conocía y que me conocían, y la confianza ayudaba bastante. Podía conversar sin estar pensando permanentemente en cómo estaba hablando.

La cosa cambió en secundaria… Entré a otro colegio, aparecieron muchos compañeros nuevos y comencé a tener miedo de tartamudear delante de ellos. A veces me hacían una pregunta que sabía responder perfectamente, pero prefería quedarme callado. No porque no supiera la respuesta, sino porque tenía temor de que, al hablar, me trabara.

Mi silencio terminaba ocultando mi problema.

En la universidad tampoco necesitaba hablar demasiado. Estudiaba, hacía mis prácticas y mis exámenes y buena parte de las cosas las hacía solo. Para algunos trámites me ayudaban mi viejo o mi vieja. En los estudios me iba bien, pero las exposiciones eran otra historia. Podía resolver un problema en un examen, pero pararme frente a un grupo para explicarlo era distinto. Algunas veces prefería no hacerlo y eso terminó perjudicándome.

Fue entonces, cuando ya estaba cerca de terminar la carrera, que comencé a preguntarme qué demonios estaba pasando.

Y decidí hacer algo: buscar un patrón.

Empecé a registrar las palabras que me ocasionaban dificultades.

Dos. Doce. Dedo. Dosis. Domingo.

Después aparecieron:

Porque. Pera. Puerta. Papa.

Y luego:

Mesa. Matemática. Más. Memorándum.

Muchas (casi todas) empezaban con D, P o M.

Pero había algo más interesante: no siempre me trababa al comenzar la palabra. Algunas veces pronunciaba perfectamente las primeras sílabas y el problema aparecía después, cuando llegaba una sílaba que comenzaba con alguna de esas letras.

Por ejemplo, capacitación. La primera sílaba me salía bien, pero podía trabarme en la siguiente, que comenzaba con P.

Con jurado ocurría algo parecido. Empezaba normalmente y el problema aparecía cuando llegaba la sílaba que comenzaba con D.

Entonces apareció la pregunta que, probablemente, terminó cambiando la manera en que enfrenté mi problema:

¿Por qué justamente D, P y M? … Y ahí construí mi propia explicación.

Para mí, esas tres letras representaban tres figuras de autoridad:

D: Dios.
P: Papá.
M: Mamá.

Yo había sido un niño bastante rebelde con las órdenes de mis padres y también tenía mis propias discrepancias con la religión. A Dios me lo imaginaba como un ser todopoderoso que daba órdenes y que, en algunas ocasiones, podía disponer cosas que a mí no me gustaban.

Pensé entonces que quizá existía alguna relación entre esas tres letras y mi dificultad para pronunciarlas.

¿Era realmente la causa de mi tartamudez? No lo sabía.

Y hasta hoy no puedo afirmarlo. Era simplemente una explicación que yo había construido a partir de observar mi manera de hablar. Pero decidí trabajar con ella.

Empecé a reemplazar las palabras que me ocasionaban dificultades por otras que significaran lo mismo y que no tuvieran esas letras en las sílabas que me complicaban. Después practiqué. Y practiqué bastante.

Al cabo de algunos meses comencé a notar que hablaba con mayor seguridad.

Pero ocurrió algo que quizá fue más importante que el hecho de trabarme menos: dejé de estar tan pendiente de si iba a tartamudear.

Paso a paso empecé a hablar en público con mayor tranquilidad. Y llegué a hacerlo sin tartamudear… ¿Me curé?, no sé si debo decirlo de esa manera.

Lo que sí sé es que encontré una estrategia que, en mi caso, funcionó.

Y mirando ahora aquella experiencia con los años, encuentro algo que me resulta curioso: yo no sabía por qué tartamudeaba, pero sí descubrí que podía observar cómo tartamudeaba… Observé el problema, encontré un patrón, elaboré una hipótesis y finalmente experimenté con ella.

Quizá la hipótesis de las letras D, P y M haya sido completamente equivocada.

Pero, paradójicamente, una explicación que yo mismo no podía demostrar terminó ayudándome a encontrar una manera de hablar.

Y tal vez eso fue lo más importante que aprendí: a veces no necesitamos entender completamente un problema para empezar a buscarle una solución. Basta con mirarlo con suficiente atención como para descubrir por dónde comenzar.

 



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