Teatro Canout

Cursaba el tercer año de secundaria en el colegio Independencia de Miraflores, y me había propuesto ocupar el primer puesto del salón. El año anterior quedé segundo, detrás de Soto, el aplicado que sacaba veinte en casi todo. Pero Soto ya se había cambiado de colegio. El primer puesto, por primera vez, estaba libre.

No siempre había tenido posibilidades claras. En primero de secundaria, con diez años, casi repito: desaprobé Matemáticas y Lenguaje. Recuerdo la tarde en que llegaron las notas. Mi padre leyó la libreta en silencio, caminó hasta el cuarto y regresó con el cinturón en la mano. Más que la fuerza de los golpes, lo que se me quedó grabado fueron sus gestos: la mandíbula apretada, los ojos duros, la decepción sin maquillaje. Cuando terminó, dejó el cinturón sobre la mesa.

—Tú vas a estudiar en la UNI —dijo—. No me hagas quedar mal.

Yo tampoco quería quedar mal.

Días después le exigí que me comprara el libro 1,100 problemas de matemáticas de Rubén Romero Méndez. No era grueso, pero intimidaba. Le prometí —por orgullo— que ocuparía el primer puesto y resolvería todos los problemas sin mirar las respuestas.

Recuerdo las madrugadas. La lámpara fluorescente encendida sobre el escritorio, lanzando una luz blanca y fría que no perdonaba errores. La casa en silencio. El cuaderno lleno de números, flechas y tachones. Resolver un ejercicio, equivocarme en el último paso, empezar otra vez. A veces me quedaba mirando la ecuación como si fuera una provocación personal. No siempre la vencía esa noche, pero volvía al día siguiente.

De niño, mi padre me llevaba a pasear por la Universidad Nacional de Ingeniería y me repetía que yo estudiaría allí. Cuando casi repito en primero, su orgullo se resintió. El mío también.

En esas épocas era tartamudo y gordito. Tenía pinta de engreído, pero en el fondo era un rebelde. El colegio parecía cárcel: batidas para controlar marihuana y pornografía, jerarquías que se marcaban a golpes, y un ring improvisado en el estacionamiento de un chifa.

El primer día de clases, mi madre me llevó al salón justo en la hora de Matemáticas. Le pidió al profesor que me tuviera paciencia, que a veces me trababa al hablar, que era inquieto pero hábil para el estudio. El profesor dijo que lo tendría en cuenta. Lo dijo sin convicción.

Al fondo del salón, alguien escuchaba. Se llamaba Alvarado.

Alvarado no era escandaloso. Era peor. Tenía una calma inquietante, una forma de observar que parecía disfrutar midiendo las reacciones de los demás. Ese mismo recreo se me acercó con otros dos.

—¿Tu mamá también te cambia el pañal? —dijo, mirándome fijo.

No le tenía miedo. Me indignaba. Sentía una rabia seca que me subía desde el estómago hasta la garganta. No respondí con palabras.

A la salida, me esperó con sus compinches y me llevaron al estacionamiento del chifa. El ring improvisado estaba listo. Pegaba sin aspavientos, con una frialdad que descolocaba. Cuando caí, se inclinó y me habló cerca del oído:

—Aquí nadie te va a tener paciencia, tartamudo.

No parecía impulsivo. Parecía alguien probando límites.

Esa escena se me quedó grabada, no por el golpe, sino por la sensación de injusticia. No me asustó. Me enfureció.

Pasaron los años. En segundo ya dominaba mejor los números; en tercero, las ecuaciones dejaron de intimidarme. En Literatura escribía cuentos y poemas imitando a Bécquer y Neruda, inspirado en amores platónicos que nunca se enteraron. Tartamudeaba al leer en voz alta, sí, pero leía igual.

Alvarado seguía allí. Ya no me buscaba bronca, pues sabía que le respondería. Yo había decidido vengarme sacándome buenas notas.

Una tarde saqué dieciséis en un examen difícil. No era veinte. No era suficiente. Caminé a casa con el examen doblado en el bolsillo. Mi padre lo leyó en silencio.

—Puedes más —dijo.

Nada más.

Y volví al libro. Uno a uno los problemas los iba resolviendo, mirando las respuestas solo para cotejar.

Llegó diciembre. La ceremonia de fin de año sería en el cine Canout, en la avenida Petit Thouars. El telón rojo, las luces encendidas, el murmullo de los padres acomodándose en las butacas.

Cuando anunciaron “Tercer año de secundaria, primer puesto…”, escuché mi nombre con una claridad que todavía recuerdo. Me levanté, caminé hasta el estrado y recibí el diploma. El cartón se sentía muy liso entre mis manos, y temía que se borrara mi nombre. Busqué a mis padres entre el público, pero yo mismo había exigido que no fueran.

Los aplausos fueron correctos. No más.

Al bajar, crucé la mirada con Alvarado. No aplaudía. Tampoco se burlaba. Me sostuvo la mirada como en primero de secundaria, pero esta vez sin palabras. Era otra clase de reconocimiento.

Me entregaron un regalo envuelto en papel brillante. Lo abrí por insistencia de mis compañeros. Era un libro: El conde Lucanor.

Ya en casa, mi padre tomó el diploma de la mesa, lo miró con detenimiento. Me abrazó con fuerza, conteniendo unas lágrimas que nunca había mostrado. Mi madre me llenó de besos, como si quisiera borrar de golpe todos los silencios.

Esa noche, bajo la misma lámpara fluorescente que había iluminado mis derrotas y mis victorias, abrí El conde Lucanor. Leí despacio, como si cada palabra midiera mi propio camino. Recordé la disciplina de las madrugadas, la rabia seca en el ring del chifa, la voz dura de mi padre, la paciencia que mi madre pedía en vano. Todo estaba allí, condensado en las páginas.

Cerré el libro. La luz seguía encendida, blanca y fría. Pero ya no me castigaba.

 

Frontis del teatro

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