La otra cara de la Inteligencia Emocional

En los años 90, Daniel Goleman popularizó el concepto de Inteligencia Emocional, explicando cómo la gestión de emociones podía mejorar las relaciones y reducir conflictos. Sin embargo, una corriente crítica sostiene que este discurso fue rápidamente absorbido por las corporaciones para neutralizar la rebeldía legítima y convertir la docilidad en virtud.

Alineados esta otra corriente, están los siguientes autores:

Eva Illouz (Saving the Modern Soul, 2008): muestra cómo el lenguaje emocional desplaza los conflictos sociales hacia el terreno individual, ocultando las raíces estructurales de la explotación. 

William Davies (The Happiness Industry, 2015): denuncia cómo la medición y manipulación de emociones se convierte en un recurso económico para aumentar productividad. 

Frank Furedi (Therapy Culture, 2004): advierte que la cultura terapéutica promueve vulnerabilidad y dependencia, debilitando la capacidad de cuestionar el poder.

A continuación las características más importantes de esta corriente crítica:

- La rebeldía sana se redefine como “falta de autocontrol”. 

- La confrontación respetuosa se desvaloriza para proteger estructuras de poder. 

- La felicidad y la empatía se transforman en métricas de rendimiento. 

- El malestar social se privatiza: ya no es injusticia, sino “problema emocional”.

En conclusión, la Inteligencia Emocional no es solo psicología aplicada: también puede ser “política disfrazada de gestión emocional”. Reconocerlo nos permite rescatar la rebeldía digna como virtud profesional y comunitaria, necesaria para equilibrar las relaciones de poder y defender derechos.



 

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