Resucitemos a Moraveco...y casi resucita

Cuando comencé a leer los comentarios sobre el artículo “Resucitemos a Moraveco” en este blog (Oct, 2015), proponiendo aprovechar la buena fama de esa marca en décadas pasadas, apenas imaginaba que detrás de la historia de una empresa de electrodomésticos peruana hubiese también un rincón secreto de nuestra historia nacional. Pero poco a poco, entre líneas dispersas, apareció un nombre que volvió punzante los recuerdos: Morochuco.

Aquella conversación no empezó como un relato público: surgió primero como una confesión contenida, fruto de décadas de silencio. El Ing. Manuel Luque Casanave,   que trabajó en Moraveco en los años setenta, se animó a comentar en 2018 que había formado parte de un proyecto militar tan confidencial que ni siquiera podía mencionarlo en casa. Sus palabras llegaban con la misma cautela de alguien que desempolva recuerdos guardados en un cajón oscuro: “Esto estaba clasificado… no podía comentarlo ni con mi familia”.

Fue solo el comienzo de una memoria que después floreció en el tejido del blog. Algunos comentaron con curiosidad, pidiendo más detalles. Y con paciencia, Manuel fue reconstruyendo aquello que durante décadas estuvo sellado. Me lo imagino a comienzos de 2019, revisando archivos, comprobando si finalmente podía hablar abiertamente de Morochuco, como quien se mira al espejo antes de contar una historia difícil.

Finalmente, en 2020, Manuel rompió su propio silencio con un comentario largo y detallado. Narró cómo Moraveco había recibido en 1974 un encargo inesperado del gobierno militar del general Velasco Alvarado: diseñar un vehículo militar tipo jeep, ligero pero robusto, que pudiera ser enviado por vía aérea al desierto de Atacama como parte de un plan estratégico para recuperar territorios perdidos. Lo describió con exactitud técnica y emoción contenida, como quien relata una aventura que marcó su vida.

Recordó las largas jornadas en el departamento de ingeniería, los planos desplegados, la fabricación de piezas con herramientas adaptadas especialmente para ese fin, y las noches en que el proyecto parecía cobrar sentido propio. Contó cómo, al poco de terminar el prototipo, lo llevaron a pruebas de lanzamiento… y falló. El chasis, aunque reforzado, no resistió las duras condiciones de caída en el terreno agreste. Y luego, el golpe de Estado del 28 de agosto de 1975 lo cambió todo: el plan fue abortado, los archivos guardados, y ese vehículo futurista quedó como una sombra de lo que pudo haber sido.

Mientras leía sus palabras en la pantalla, no pude evitar sentir que estaba ante una historia de grandes expectativas y silencios prolongados —como cuando uno recuerda un sueño intenso al despertar, sin llegar a recordar del todo los detalles, pero con una sensación que nunca se disipa del todo.

Otros comentaristas añadieron sus piezas a este mosaico. Algunos mencionaron que habían oído rumores sobre el uso de chasis ARO de origen rumano adaptados para ese diseño singular. Otros simplemente expresaron asombro y reconocimiento por la valentía de Manuel al relatar aquello. Hubo también quienes, con cariño, recordaron historias de Moraveco en su vida diaria: refrigeradoras antiguas que seguían funcionando, artefactos que eran más que objetos; símbolos de una época en que la industria peruana parecía destinada a crecer.

Lejos de ser solo una anécdota técnica, la conversación se convirtió en una especie de memoria compartida. Como descubrir fotografías antiguas en un álbum familiar, el relato de Morochuco emergió de los comentarios del blog con fragmentos de verdad, nostalgia y reconocimiento. Lo que empezó como un secreto militar se transformó, años después, en un relato público que conecta a quienes alguna vez vivieron esa época con quienes ahora leen y reconstruyen ese pasado.

Y así, con cada comentario y cada pregunta, Morochuco dejó de ser solo un nombre —se volvió historia, presencia y recuerdo. Una historia que, como esas memorias escolares o familiares que uno guarda en un rincón, solo necesitaba ser contada para volver a existir.



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