Te chamé
Una historia de la Feria del Hogar.
Julio de 2003. Miriam, mi flaca, más conocida
como Cholalin, y yo decidimos ir a la Feria del Hogar. No era una edición
cualquiera. Era la trigésima séptima y última. La feria cerraría sus puertas
para siempre y nosotros, sin saberlo todavía, estábamos comprando nuestro
boleto para un recuerdo.
Recorrimos todo lo que quedaba de aquella
feria, que ya se había reducido bastante. Nos subimos a varios juegos mecánicos
y terminamos en una cabina que anunciaban como 3D, aunque aquello era bastante
más que ponerse unos lentes y mirar una pantalla. Los asientos se movían según
lo que sucedía en la película.
Nos divertimos muchísimo. Bueno, nosotros no
éramos precisamente los que más sufríamos. La diversión alcanzó su punto máximo
cuando vimos a una pareja padecer lo indecible en uno de aquellos asientos, que
parecía tener problemas con su sistema de sujeción. La película mostraba
montañas rusas vertiginosas y el asiento hacía su propia interpretación del
asunto. El pata gritó "¡Puta maaaadreeee!", mientras su flaca se reía
a carcajadas, aunque con una cara de vergüenza que daba gusto. Los pobres
salieron casi maltrechos.
Nosotros nos matábamos de risa, sobre todo
porque habíamos estado a punto de subirnos allí. A veces, la felicidad consiste
simplemente en que el asiento malogrado le toque al vecino.
Después seguimos paseando, hasta que llegó el
momento de comprar algo. En la feria, todo el mundo parecía llevarse una
almohada. Eran baratas y, además, servían para sentarse durante los
espectáculos musicales. Yo también compré una, pero pronto descubrí que mi
orgullo no estaba dispuesto a conformarse con tan poca cosa.
Si todos podían comprar una almohada, yo podía
comprar algo más grande. Algo que se notara. Algo que justificara, por lo menos
ante mis propios ojos, que había venido a gastar un poquito más.
Y así apareció Droopy.
Un peluche gigantesco, de aproximadamente un
metro de altura, vestido con un overol azul de jean. No sé qué me convenció de
comprarlo. Probablemente, esa mezcla de entusiasmo y vanidad que a uno le da
cuando cree que está haciendo una gran adquisición. Lo cierto es que el muñeco
se convirtió en la sensación. Los niños se acercaban a acariciarlo y Miriam —con
sus ojos grandes y bellos, pelo largo y encrespado, y esa costumbre de festejar
siempre las bromas que yo hacía— lo
cargaba con un cariño que, debo reconocer, me hacía sentir orgulloso de la
compra.
Había conseguido mi objetivo: mi peluche
llamaba más la atención que las almohadas de los demás.
A la hora del almuerzo nos provocó pollo a la
brasa con Inca Kola. Era una combinación que cumplía con dos requisitos
fundamentales: nos gustaba y no nos dejaba en la bancarrota. Comimos,
descansamos un rato y continuamos recorriendo la feria, subiéndonos a otros
juegos. Esperamos la noche mientras el cielo se ponía su pijama enrojecida y
con la pena de que ese día no sería eterno.
Los protagonistas serían Los Iracundos.
Nos acomodamos adelante, lo más cerca posible
del escenario. Queríamos verlos bien. Y cuando comenzó el concierto, empezaron
también las canciones que uno no escucha solamente con los oídos, sino con todo
lo que ha vivido.
Va cayendo
una lágrima en tu mejilla...
Después, Río,
río verde. Luego, Sentados frente al
mar.
Las canciones se sucedían y nosotros estábamos
allí, cantando, escuchando, recordando quién sabe qué cosas. Porque hay
canciones que uno conoce de memoria, aunque no recuerde exactamente cuándo se
le metieron tan adentro.
Hasta que llegó el final.
Se apagaron las luces. El público comenzó a
pedir otra canción.
---¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!
Miriam y yo nos quedamos un rato más, con los
ojos sospechosamente húmedos. En realidad, no había brisa que justificara
semejante reacción, pero siempre es bueno tener una explicación meteorológica a
la mano cuando la emoción amenaza con dejarte en evidencia.
La gente seguía insistiendo. Los Iracundos no
aparecían. Incluso vimos retirar algunos equipos del escenario. Aquello tenía
toda la pinta de haber terminado de verdad.
Y entonces ocurrió.
En medio de los gritos, escuchamos una voz que
parecía salir de ninguna parte. Un susurro, apenas una frase, pero suficiente
para que quienes conocíamos aquella canción entendiéramos inmediatamente de qué
se trataba.
---¡Te
chaméeeee!
Miriam me miró.
Yo miré a Miriam.
Después miramos al escenario.
Hasta Droopy, que seguía con nosotros y que no
tenía ninguna responsabilidad en el asunto, pareció quedarse sin saber qué cara
poner.
Y entonces comenzó.
Porque hace
un año que no hablamos...
La gente estalló.
Para romper
aquel adiós que nos juramos...
Los Iracundos habían vuelto. Y con ellos
regresó una canción que, en ese instante, parecía tener un significado
distinto. Ya no estábamos simplemente en un concierto. Estábamos viviendo uno
de esos momentos que uno no puede programar, comprar ni repetir a voluntad.
Voy a
pedirte, de rodillas...
Yo intentaba contener las lágrimas. No lo
conseguí del todo. Algunas rompieron la tensión superficial.
Miriam, por su parte, ya se había
desmaquillado.
No voy a decir que lloramos abrazados bajo una
lluvia imaginaria ni ninguna de esas cosas que quedan muy bonitas en las
películas. Lo que recuerdo es que estábamos juntos, emocionados, escuchando esa
canción y sabiendo, aunque quizá todavía no quisiéramos admitirlo, que aquella
noche era especial.
No porque fuera perfecta. Ni porque hubiera
sucedido algo extraordinario en nuestras vidas. Sino porque, sin haberlo
planeado, estábamos despidiéndonos de un lugar que había formado parte de
nuestra historia.
Fuimos felices.
Y también estuvimos tristes.
Porque aquella había sido la última temporada
de la Feria del Hogar.
Al salir, nos llevamos el recuerdo del
concierto, la emoción de “Te chamé” y, por supuesto, a Droopy, que había pasado
de ser una compra hecha por puro orgullo a convertirse en testigo de aquella
noche. Regresamos en taxi a casa, con Droopy sentado entre Miriam y yo, como
tocando violín. Estaba quietecito, y al verlo así, con su overol azul, se me
hizo un nudo en la garganta.
Han pasado muchos años. La feria ya no existe y
nosotros seguimos aquí, con nuestras propias historias, nuestros problemas,
nuestras alegrías y todo lo que la vida va dejando en el camino.
Pero cuando recuerdo aquella noche de julio de
2003, vuelvo a escuchar esa voz:
---¡Te chamé!
Y vuelvo a mirar a Miriam.
A veces, uno cree que está guardando el
recuerdo de un concierto, de una canción o de una feria que desapareció.
Después descubre que estaba guardando algo
mucho más sencillo: un día de su vida en
el que fue feliz con la persona que tenía al lado.
Y eso no necesita adornos.

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