Todos hacemos un poco de show... pero algunos ya se pasan
Hay días en los que uno termina una conversación con la extraña sensación de haber sido espectador en lugar de participante. Como si hubiera asistido, sin entrada ni pop corn, a una función unipersonal donde el protagonista era el otro… siempre el otro. Durante mucho tiempo pensé que el problema estaba fuera: gente complicada, egos inflados, personalidades difíciles. Hasta que leí Rodeados de narcisistas de Thomas Erikson y me di cuenta de algo muy cierto: sí, hay narcisistas allá afuera… pero uno tampoco está completamente libre de culpa en esta historia.
Comencé a hojear el libro esperando
encontrar un manual para detectar a “esas personas” y terminé encontrando
también pequeñas pistas sobre mí mismo. Porque sí, hay perfiles claros,
comportamientos que se repiten: personas que monopolizan la conversación, que
necesitan validación constante, que no reconocen errores ni con telescopio ni
con microscopio. Pero la gracia está en que no son criaturas de otro mundo...
Están hechas de lo mismo que nosotros, solo que en otra proporción.
Y ahí es donde el asunto se
vuelve interesante.
Porque mientras iba leyendo esos
rasgos, hubo momentos en los que pensé: ok, esto claramente es fulano. Y
unos segundos después: …pero esto otro… esto también me suena peligrosamente
familiar. No en versión extrema, claro está, pero sí en pequeñas dosis. Esa
vez que interrumpí más de la cuenta. Esa conversación en la que llevé todo
hacia mi experiencia. Ese momento en el que preferí tener razón antes que
escuchar de verdad.
Nada grave, si se quiere. Pero
suficiente como para entender que el narcisismo no siempre es un problema
ajeno. A veces es un hábito fino, elegante, bien disimulado en la rutina.
El libro no intenta redimir a
nadie ni condenar a nadie. Más bien te muestra cómo funcionan ciertas dinámicas
y te deja con una fuerte inquietud: ¿cuánto de esto estás tolerando… y cuánto
estás aportando tú mismo? Porque una cosa es convivir con alguien difícil y
otra muy distinta es entrar, sin darte cuenta, en un juego donde uno empieza a
ceder más de lo que debería… o a comportarse de formas que antes criticaba.
Lo más útil que me dejó la
lectura no fue un detector infalible de narcisistas —ojalá viniera con alarma
sonora—, sino una especie de conciencia más fina. Empecé a notar mejor los
momentos en los que una conversación deja de ser un intercambio y se convierte
en un monólogo. Pero también los momentos en los que yo mismo hago ese pequeño
giro hacia el centro del escenario.
Y claro, también aparece la otra
parte: aceptar que hay personas que no van a cambiar porque uno lo intente con
más paciencia o mejores argumentos. Eso ahorra energía..- El libro es bastante
claro en eso: no se trata de arreglar a nadie, sino de entender hasta dónde
quieres involucrarte y cómo proteger tu espacio sin armar una guerra
innecesaria.
Porque ese es el verdadero
desgaste: no una discusión puntual, sino esa acumulación silenciosa de
situaciones en las que uno termina cediendo terreno. Primero un poco, luego
otro poco, hasta que un día te das cuenta de que estás más cansado de lo que
deberías. Y no por exceso de trabajo, sino por exceso de dinámica mal
gestionada.
Leer Rodeados de narcisistas
te deja con algo sencillo pero poco habitual: una especie de pausa. Antes de
reaccionar, antes de engancharte, antes de querer demostrar algo. Y en esa
pausa entra la autocrítica, que no es precisamente el hobby favorito de nadie,
pero resulta bastante útil si se usa con moderación.
No salí del libro convertido en
experto ni en juez de personalidades. Salí con algo más práctico: un poco más
atento a los demás… y un poco más atento a mí mismo. Que, visto con calma, no
es poca cosa.
Porque sí, hay gente que agota.
Pero también hay momentos en los que uno puede ser ese alguien para otro, sin
darse cuenta. Y reconocer eso no te vuelve peor persona; más bien te da margen
para no repetirlo con tanta facilidad.
Por eso vale la pena leerlo. No
para andar señalando narcisistas en cada esquina, sino para moverse con un poco
más de criterio en un mundo donde, inevitablemente, todos tenemos algo de
protagonistas… lo importante es no olvidar que el resto también está en la
escena.

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