Somos hijos, por eso celebramos el Día del Padre
Hay días que parecen sencillos en el calendario pero complejos en la vida. El Día del Padre es uno de ellos. Se anuncia con ofertas, tarjetas, celebraciones corporativas y mensajes en cadena… y, sin embargo, debajo de esa superficie hay tantas historias distintas que cuesta no detenerse a pensar qué es, de verdad, lo que estamos celebrando.
Porque, si lo miramos con calma,
ser padre no es solamente un dato biológico ni una casilla que se marca en un
formulario. Es una práctica, una presencia, una huella. Es, muchas veces,
alguien que enseñó a atarse los cordones… o a desatar nudos que no venían en
los zapatos. Es quien sostuvo la bicicleta (o la vida) unos segundos más de lo
necesario, para que uno crea que ya podía solo.
Y, al mismo tiempo, hay algo
profundamente universal que nos atraviesa a todos: nadie “tuvo” un padre como
quien tuvo un objeto que ya no está. Todos, de algún modo, tenemos un padre.
Esté presente, esté lejos, esté en recuerdo o haya sido reemplazado por otra
figura que ocupó ese lugar cuando más hacía falta. Padre no siempre es quien
estuvo, pero casi siempre es quien dejó una marca.
Por eso, tal vez el Día del Padre
podría ser un poco más amplio, más respirable, más generoso. Menos una
celebración exclusiva y más una memoria compartida. Porque cuando lo reducimos
a “los que hoy son padres”, corremos el riesgo de armar una fiesta que, sin
querer, deja gente afuera: a quien no pudo serlo, a quien eligió no serlo, a
quien lo intentó sin lograrlo o a quien simplemente transitó su vida por otro
camino.
Y no debería ser así.
Imaginemos, por un segundo que celebráramos el “Día de las
Personas con Dos Piernas Perfectamente Funcionales”, con brindis, descuentos
especiales y discursos emotivos. Probablemente nadie con una sola pierna (o
ninguna) se sentiría especialmente incluido en la alegría general. No porque la
celebración sea mala, sino porque la forma en que se presenta olvida que la
realidad es más diversa que la etiqueta del evento.
Algo de eso sucede cuando el foco
es demasiado estrecho.
Sin embargo, si en lugar de
celebrar solo la condición de “ser padre”, celebramos lo que representa la
figura paterna en nuestras vidas —la guía, el cuidado, la presencia, incluso la
ausencia que nos obligó a crecer distinto— entonces de pronto todos tienen un
lugar. Porque todos venimos de alguien. Todos fuimos, en algún momento, hijos
de una historia que nos antecede.
En ese sentido, el festejo se
vuelve más humano y, curiosamente, también más justo.
Y también más elegante.
Porque incluye sin señalar,
abraza sin preguntar, y recuerda sin imponer. Porque permite que el que hoy es
padre reciba su reconocimiento, pero sin que eso implique, aunque sea de forma
involuntaria, que otros queden mirando desde la vereda. Porque el respeto no es
solamente celebrar lo evidente, sino también considerar lo que no se ve.
Quizás, entonces, este día podría
ser una invitación a agradecer hacia atrás en lugar de mirar solo hacia
adelante. A pensar en ese padre —biológico o no— que nos marcó el rumbo o al
menos nos dio una brújula, aunque a veces apuntara al norte equivocado (que
también enseña, y bastante). A reconocer que muchos de nosotros somos, en
parte, la suma de esas voces, consejos, silencios y torpezas que heredamos.
Y que eso, al final, nos incluye
a todos.
Porque incluso quien no es padre
sigue siendo hijo. Y eso no es un detalle menor: es un punto de encuentro.
Así que tal vez hoy no se trate
solo de felicitar a quienes tienen hijos, sino de honrar, con una sonrisa y
cierta complicidad, a quienes nos dieron —de la forma en que pudieron— alguna
herramienta para vivir. Y, de paso, recordar que la empatía también merece
celebración.
Porque si algo nos iguala, más
allá de títulos y circunstancias, es que todos empezamos siendo hijos de
alguien.
Y eso, bien mirado, ya es una
historia digna de celebrarse.

Comentarios