La única inflación que realmente importa no aparece en las noticias

¿Y si la inflación de la que hablan en las noticias no fuera la misma inflación que yo estoy viviendo?

La pregunta parece absurda al principio. Después de todo, la inflación es la inflación. Un número. Un indicador. Una cifra publicada por una entidad respetable, calculada por personas con estudios avanzados, hojas de cálculo complejas y probablemente mucho café.

Pero mientras más lo pensaba, más extraña me parecía la idea de que un único porcentaje pudiera describir simultáneamente la realidad de millones de personas.

Porque, seamos sinceros, hay pocas cosas más diferentes entre sí que dos familias cualquiera.

Hay quien gasta buena parte de sus ingresos en colegios privados. Hay quien los gasta en medicamentos. Hay quien los destina a viajes, restaurantes, plataformas digitales, combustible o comida para mascotas. Hay quienes tienen hijos. Hay quienes tienen perros. Y hay quienes tienen hijos que se comportan como perros y perros que parecen hijos.

Sin embargo, todos reciben exactamente el mismo número de inflación.

Es como si un meteorólogo anunciara que la temperatura promedio del país fue de veintidós grados y pretendiera que con eso queda descrito el clima de la costa, la sierra y la selva al mismo tiempo… Técnicamente no está equivocado, pero tampoco está contando toda la historia.

La verdad es que la inflación oficial se parece bastante a la fotografía de una persona generada por inteligencia artificial a partir del rostro promedio de miles de individuos. Tiene ojos, nariz y boca. Parece humana. Pero nadie se reconoce en ella.

Con la inflación ocurre algo parecido. Existe una familia promedio que consume una cantidad promedio de bienes y servicios en proporciones promedio. El único inconveniente es que esa familia promedio no existe… Jamás ha existido, ni existirá. Es un personaje ficticio que los estadísticos utilizan para poder calcular algo que sea razonablemente representativo de todos nosotros. Y ahí aparece un detalle fascinante:

Lo que realmente afecta nuestra vida no es cuánto aumentan los precios en promedio. Lo que nos afecta es cuánto aumenta el costo de seguir viviendo la vida que ya estamos viviendo. La diferencia parece sutil, pero es enorme.

Supongamos que mañana aumentan las pensiones escolares diez por ciento. Para quien no tiene hijos, la noticia será poco más que una curiosidad estadística. Para quien tiene tres hijos en edad escolar, puede significar la desaparición espontánea de varios fines de semana de tranquilidad financiera.

Supongamos ahora que suben los medicamentos especializados. Para un joven saludable, el impacto será prácticamente invisible. Para una persona que depende de un tratamiento permanente, la inflación oficial habrá dejado de ser una cifra y se habrá convertido en una experiencia.

Y aquí es donde la teoría económica suele ponerse creativa.

Cuando un producto aumenta de precio, dicen algunos economistas, los consumidores pueden sustituirlo por otro: Si sube la carne, se consume pollo; si sube una marca, se compra otra; si aumenta un servicio, se busca una alternativa… La teoría tiene sentido, hasta que uno intenta aplicarla a la vida real. Porque hay gastos que no se sustituyen con tanta facilidad. Uno no cambia de colegio a sus hijos como quien cambia de marca de galletas. No abandona un tratamiento médico porque apareció una opción más económica. No se muda de casa cada vez que aumenta el alquiler. No renuncia a internet porque la tarifa subió unos puntos porcentuales, especialmente si trabaja desde casa y depende de esa conexión para pagar precisamente la tarifa que acaba de subir.

Existen gastos que forman parte de la arquitectura de nuestra vida.

Y cuando esos gastos aumentan, nuestra inflación personal se dispara aunque la inflación oficial permanezca tranquila, sonriente y perfectamente controlada en los titulares.

Lo curioso es que durante décadas aceptamos esta situación porque no había otra alternativa. Era imposible calcular una inflación para cada persona. Habría requerido un ejército de contadores persiguiendo cada recibo, cada compra y cada gasto cotidiano.

Pero de pronto apareció la inteligencia artificial.

Y la pregunta dejó de ser imposible.

Hoy una IA puede revisar estados de cuenta, clasificar gastos, identificar patrones de consumo, construir una canasta personalizada y calcular cuánto cuesta mantener exactamente el estilo de vida de una persona o de una familia.

Por primera vez en la historia podríamos saber no cuál fue la inflación del país, sino cuál fue nuestra inflación.

Y sospecho que muchos descubriríamos cosas sorprendentes.

Algunos comprobarían que su inflación real fue mucho más baja que la oficial.

Otros descubrirían, con cierta indignación, que mientras los titulares celebraban una inflación de cuatro por ciento, ellos llevaban meses sobreviviendo a una inflación de ocho, diez o doce por ciento sin que nadie hubiera tenido la cortesía de avisarles.

Quizás lo más interesante de todo esto es que nuestra inflación personal tampoco es permanente. Cambia con nosotros. A los veinte años nos preocupan unas cosas.

A los cuarenta, otras. A los sesenta, otras completamente distintas.

Nuestros gustos cambian. Nuestras prioridades cambian. Nuestras responsabilidades cambian. Incluso nuestras obsesiones cambian.

Y con ellas cambia la inflación que verdaderamente experimentamos.

Tal vez por eso cada vez me convence menos la pregunta que suelen hacerse los economistas.

“¿Cuál fue la inflación del país?”

Es una pregunta útil, sin duda.

Pero la pregunta correcta sería “¿Cuánto aumentó este año el costo de seguir siendo yo?”

Porque al final, más allá de estadísticas, indicadores y conferencias de prensa, esa es la única inflación que realmente termina importándonos.

 


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