Como si las elecciones no fueran suficientemente complicadas, apareció ese patita argentino
... Entre encuestas, análisis, entrevistas y las inevitables discusiones en redes sociales, apareció un nombre que hasta entonces me era completamente desconocido: Fernando Cerimedo. No le presté mucha atención la primera vez. Tampoco la segunda. Pero cuando un mismo nombre empieza a cruzarse repetidamente en distintos artículos, reportajes e investigaciones, la curiosidad termina haciendo su trabajo.
Así fue como terminé leyendo
sobre este consultor argentino especializado en comunicación política digital.
Y mientras más avanzaba, más me daba cuenta de que no estaba frente a un
personaje cualquiera. Su nombre aparecía asociado a algunos de los fenómenos
políticos más comentados de los últimos años en América Latina, especialmente
aquellos vinculados a las nuevas derechas que han ganado protagonismo en
distintos países de la región.
Cerimedo suele ser mencionado
cuando se habla del ascenso político de Javier Milei en Argentina. También
aparece relacionado con sectores cercanos al bolsonarismo en Brasil y con
diversos espacios políticos que han tomado como referencia algunas de las estrategias
comunicacionales que hicieron famoso a Donald Trump en Estados Unidos. Conviene
precisar algo desde el comienzo: una cosa es reconocer semejanzas ideológicas o
metodológicas y otra muy distinta afirmar una relación directa o contractual.
No existe evidencia pública relevante que permita sostener que Cerimedo haya
trabajado para Trump. Lo que sí parece evidente es que forma parte de una
generación de estrategas que observó atentamente cómo el trumpismo transformó
la comunicación política contemporánea y aprendió varias lecciones de ese
fenómeno.
Si recuerdas las campañas
tradicionales de hace veinte o treinta años, seguramente te vendrán a la mente
imágenes bastante familiares: candidatos recorriendo mercados de zonas
empobrecidas, repartiendo calendarios, abrazando niños, prometiendo obras y
tratando de conseguir algunos minutos en los noticieros de la noche. La
política tenía sus defectos, por supuesto, pero las reglas del juego eran
relativamente conocidas. Hoy el escenario es completamente distinto porque
buena parte de la batalla política ocurre en un lugar donde pasamos varias
horas al día sin darnos cuenta: la pantalla de nuestro teléfono.
Las campañas modernas ya no se
limitan a convencer votantes. También buscan captar atención, generar
conversación y, sobre todo, provocar emociones. Quien logra despertar
indignación, entusiasmo, miedo o esperanza tiene una ventaja enorme porque las
emociones circulan mucho más rápido que los argumentos complejos. Basta
observar cualquier red social para comprobarlo. Un meme puede recorrer el país
entero en cuestión de horas, mientras un análisis serio y documentado suele
quedarse atrapado en círculos mucho más pequeños.
Según un perfil publicado
recientemente por Nueva Sociedad, Cerimedo se ha convertido en una figura
influyente dentro de ese universo de consultores que entienden particularmente
bien cómo funcionan estas dinámicas. Su trabajo no consiste necesariamente en
escribir discursos ni en aparecer junto a los candidatos. Más bien parece
concentrarse en algo que hoy resulta fundamental: construir comunidades
digitales, amplificar mensajes y lograr que determinadas conversaciones
adquieran una fuerza capaz de influir en la agenda pública.
Llegados a este punto, es
inevitable preguntarse: ¿qué tiene que ver todo esto con el Perú y con las
elecciones que todavía tienen al país pendiente de cada acta, cada impugnación
y cada pronunciamiento oficial?...Bueno, no lo sabemos con certeza. Hasta el
momento no existe evidencia pública concluyente que permita afirmar que
Fernando Cerimedo haya participado directamente en una campaña presidencial
peruana. Esa afirmación sería irresponsable. Sin embargo, tampoco resulta
extraño que su nombre genere interés en medio de la coyuntura actual porque
algunas dinámicas observadas en el Perú guardan ciertas semejanzas con
fenómenos políticos que han aparecido en otros países de la región.
Durante los últimos años hemos
visto comunidades digitales extraordinariamente activas, narrativas de fraude
electoral, una creciente influencia de creadores de contenido con posiciones
políticas muy definidas y una tendencia cada vez más marcada a simplificar
problemas complejos en mensajes diseñados para generar impacto inmediato. Nada
de esto demuestra una conexión con Cerimedo. Sería absurdo sostenerlo. Lo que
sí demuestra es que el Perú forma parte de una conversación regional donde las
estrategias digitales viajan con una velocidad impresionante y donde los
actores políticos observan constantemente lo que funciona en otros países.
Quizá por eso la discusión más
interesante no sea determinar si un consultor argentino tuvo o no tuvo alguna
influencia en nuestro proceso electoral. Esa pregunta puede ser legítima, pero
probablemente no sea la más importante. Lo realmente interesante es entender
por qué determinados mensajes encuentran tanta acogida entre nosotros y por qué
ciertas narrativas logran expandirse con tanta facilidad. Después de todo,
ninguna estrategia digital funciona si no encuentra personas dispuestas a
escucharla, compartirla y convertirla en parte de su conversación cotidiana.
A veces tenemos la tentación de
explicar fenómenos complejos recurriendo a personajes casi legendarios que
supuestamente mueven los hilos desde las sombras. La realidad suele ser
bastante menos cinematográfica. Las sociedades modernas son demasiado complejas
para reducirlas a la acción de un solo individuo. Los consultores pueden
influir, los algoritmos pueden amplificar y las campañas pueden orientar
determinadas conversaciones, pero al final seguimos siendo nosotros quienes
decidimos qué creer, qué compartir y qué apoyar.
Lo curioso es que mientras más
leía sobre Fernando Cerimedo, menos me interesaba Fernando Cerimedo como
individuo y más me interesaba lo que representa. Su historia termina siendo la
historia de una transformación mucho más grande. Habla de una época donde la
política, la tecnología y las emociones se mezclan de maneras que apenas
estamos comenzando a comprender. Habla de un mundo donde las fronteras siguen
existiendo para los países, pero ya no para las ideas, los mensajes ni las
estrategias de comunicación.
Por eso creo que vale la pena
prestar atención a personajes como él. No porque necesariamente tengan la
capacidad de decidir una elección presidencial en otro país ni porque sean los
villanos de una novela de espionaje político. Vale la pena observarlos porque
ayudan a entender cómo está cambiando la democracia en el siglo XXI y porque
nos recuerdan que las campañas ya no comienzan cuando se instalan las mesas de
votación. Comienzan mucho antes, en las conversaciones que tenemos todos los
días, en los contenidos que consumimos y en esas pequeñas decisiones
aparentemente inofensivas que tomamos cada vez que hacemos clic en
"compartir".
Mientras el Perú sigue esperando
conocer el desenlace de esta elección, quizá convenga mirar no solamente a los
candidatos que aparecen en las portadas, sino también a los personajes que
ayudan a moldear las conversaciones que ocurren detrás de ellas. Ahí,
precisamente, es donde nombres como Fernando Cerimedo empiezan a cobrar
sentido.

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