Cuando el gerente me pidió actuar

Hay experiencias profesionales que el tiempo termina borrando casi por completo. Se diluyen entre nuevas responsabilidades, proyectos más complejos y los inevitables cambios que acompañan una larga trayectoria laboral. Sin embargo, existen otras que permanecen intactas en la memoria, como si hubieran ocurrido ayer. No necesariamente porque hayan sido trascendentales para una institución o porque hayan cambiado el rumbo de una carrera, sino porque contienen una enseñanza inesperada sobre la naturaleza humana y sobre esos mecanismos invisibles que mueven a las organizaciones. La historia que voy a contar pertenece precisamente a esa categoría.

Yo era bastante joven en aquella época. Ocupaba una importante jefatura en una entidad estatal vinculada al sector salud y, como suele ocurrir cuando uno todavía conserva intactas ciertas convicciones juveniles, creía firmemente que los argumentos técnicos, cuando estaban sólidamente sustentados, terminaban imponiéndose por sí mismos. Aún no había aprendido que entre una buena idea y su aceptación institucional existe un territorio complejo en el que intervienen factores que rara vez aparecen en los manuales de gestión.

Por aquellos años, el país se preparaba para enfrentar un Fenómeno del Niño que, según todos los pronósticos, podría ocasionar daños significativos en diversas regiones. Como parte de las acciones preventivas, se organizaron reuniones de trabajo para identificar riesgos y definir estrategias que permitieran proteger la infraestructura hospitalaria.

Recuerdo una de esas reuniones con especial claridad.

Alrededor de una gran mesa se encontraban reunidos ingenieros, arquitectos, especialistas en mantenimiento y funcionarios de alto nivel. Las exposiciones se centraban principalmente en los efectos que las lluvias intensas podrían causar sobre los hospitales. Se hablaba de impermeabilización de techos, reforzamiento de drenajes, instalación de coberturas especiales y otras medidas orientadas a evitar filtraciones, acumulaciones de agua y posibles afectaciones estructurales.

Todo lo que se exponía era técnicamente correcto. De hecho, muchas de aquellas medidas resultaban indispensables. Sin embargo, mientras escuchaba las intervenciones, empecé a percibir una omisión que me parecía importante.

Cuando llegó mi turno de participar, señalé que el análisis, aunque acertado, estaba concentrado únicamente en una parte del problema. Expliqué que las lluvias extraordinarias en la sierra no solo afectarían edificaciones. También podrían comprometer represas, provocar deslizamientos de tierra, interrumpir carreteras y, sobre todo, afectar líneas de transmisión y distribución eléctrica. Si eso ocurría, numerosos hospitales podrían quedar sin suministro de energía precisamente durante una emergencia de gran magnitud.

Por ello propuse que se evaluara seriamente la situación de los grupos electrógenos existentes. Muchos requerían reparación, otros presentaban una operación poco confiable y algunos establecimientos ni siquiera contaban con equipos de respaldo adecuados. Consideraba indispensable fortalecer esa capacidad de respuesta, porque la continuidad operativa de un hospital depende en gran medida de la disponibilidad de energía eléctrica.

Mi razonamiento era sencillo. Un techo dañado podía generar inconvenientes importantes; un hospital sin energía podía paralizar servicios críticos. Las unidades de emergencia, las salas de operaciones, los centros de diálisis y numerosos equipos médicos dependían de una alimentación eléctrica permanente. Desde mi punto de vista, prepararse para el Fenómeno del Niño exigía contemplar ambas dimensiones del problema y no únicamente aquella relacionada con la infraestructura física.

Terminada mi exposición, percibí una reacción que me dejó cierta sensación de insatisfacción. Algunos asistentes tomaron nota, otros realizaron comentarios breves, pero resultaba evidente que la atención seguía concentrada en las medidas inicialmente planteadas. La estrategia institucional parecía haber sido definida con anticipación y no existía demasiado interés en modificarla.

Quizás una persona más experimentada habría comprendido la situación y habría dejado el tema allí. Yo, sin embargo, todavía tenía la vehemencia propia de la juventud y una confianza casi absoluta en el poder de los argumentos.

Por esa razón insistí.

Volví a intervenir y desarrollé nuevamente mis planteamientos. Expliqué que el diagnóstico debía ser integral y considerar distintas disciplinas, porque los problemas complejos rara vez admiten soluciones unidimensionales. Sostuve que la ingeniería civil, la electromecánica, la arquitectura y la gestión hospitalaria debían complementarse para construir una estrategia verdaderamente efectiva. También señalé que las inversiones necesarias debían planificarse con una visión amplia, capaz de anticipar distintos escenarios de riesgo.

Mientras hablaba, comencé a notar ciertos cambios en el ambiente. Lo que para mí seguía siendo una discusión estrictamente técnica parecía estar siendo interpretado de otra manera por algunos de los presentes. Poco a poco comprendí que mi insistencia estaba siendo percibida como una confrontación a posiciones ya establecidas.

La reunión concluyó sin mayores novedades.

Yo regresé a mis labores convencido de haber cumplido con mi responsabilidad profesional.

No imaginaba que el episodio tendría consecuencias.

Algunos días después, mi jefa me pidió que acudiera a su oficina. Apenas ingresé comprendí que algo no marchaba bien. Su expresión transmitía una preocupación poco habitual y, tras algunas palabras introductorias, me explicó que ciertos directivos habían quedado muy incómodos con mi actuación durante la reunión.

Según me comentó, algunos consideraban que mi insistencia había sobrepasado los límites de lo que esperaban de un funcionario joven. Lo que yo había entendido como una defensa apasionada de una posición técnica, otros lo habían interpretado como una falta de respeto hacia la jerarquía institucional.

Luego pronunció una frase que me dejó completamente desconcertado.

—Han pedido tu cabeza.

Recuerdo haberla mirado incrédulo. En ningún momento había pretendido desafiar a nadie. Mi preocupación había sido exclusivamente profesional. Sin embargo, aquella conversación me permitió comprender por primera vez que las organizaciones suelen reaccionar menos a las intenciones que a las percepciones.

Mi jefa estaba genuinamente preocupada por la situación. Me explicó que existía una posibilidad de evitar mayores consecuencias, pero para ello debía reunirme personalmente con el gerente central.

—Lo mejor es que hables con él y le ofrezcas disculpas —me dijo.

La propuesta me incomodó profundamente. Le respondí que no existía ningún conflicto personal y que no consideraba haber faltado el respeto a nadie. Había debatido ideas, no personas. Desde mi perspectiva, disculparme implicaba aceptar una falta que sinceramente no creía haber cometido.

Ella insistió.

Yo también.

Finalmente terminó ordenándome, de manera bastante explícita, que acudiera a la reunión.

Y así lo hice.

A la mañana siguiente llegué puntualmente a la oficina del gerente. La secretaria me pidió que tomara asiento porque el funcionario se encontraba ocupado. Al principio no le di mayor importancia. Sin embargo, los minutos comenzaron a transcurrir con una lentitud desesperante. Diez minutos se convirtieron en veinte, luego en cuarenta, hasta que finalmente había esperado casi una hora completa.

Sentado en aquella antesala, observando el constante movimiento de personas que entraban y salían de distintas oficinas, tuve tiempo suficiente para imaginar toda clase de escenarios. Pensé en una severa llamada de atención, en una sanción administrativa e incluso en la posibilidad de que mi permanencia en la institución estuviera llegando a su fin. Hubo momentos en que me sentí tentado a levantarme y marcharme, pero algo me decía que debía permanecer allí hasta el final.

Finalmente, la secretaria apareció y me indicó que podía ingresar.

Respiré profundamente, me acomodé la corbata y entré al despacho.

El gerente se encontraba detrás de su escritorio. Me llamó por mi nombre, me pidió que cerrara la puerta y luego me indicó que tomara asiento frente a él. Obedecí en silencio, preparándome para una conversación que imaginaba difícil.

Durante algunos segundos me observó sin decir una sola palabra. Aquella pausa pareció interminable. Entonces ocurrió algo que jamás habría podido anticipar.

Comenzó a reírse.

No se trató de una sonrisa protocolar ni de una expresión amable de cortesía. Fue una carcajada franca, espontánea y completamente inesperada.

Yo permanecí inmóvil, tratando de entender qué estaba ocurriendo.

Cuando logró recuperar la compostura, me señaló con un gesto amistoso y dijo:

—Yo habría hecho exactamente lo mismo.

Confieso que necesité algunos segundos para procesar aquellas palabras.

Luego añadió:

—Lo que dijiste era correcto. Tu análisis tenía sentido. El problema es que fuiste demasiado obstinado delante de todos nosotros.

En ese instante sentí cómo desaparecía toda la tensión acumulada durante los días anteriores.

Lo que siguió fue una conversación tan cordial como reveladora. Durante casi cuarenta minutos hablamos de ingeniería, de gestión pública, de liderazgo y de las complejidades que acompañan la toma de decisiones en grandes organizaciones. A medida que la conversación avanzaba, fui descubriendo a una persona muy distinta de la que había imaginado.

Hasta entonces siempre lo había considerado un funcionario distante, severo y excesivamente soberbio. Sin embargo, detrás de aquella imagen encontré a alguien capaz de reconocer un argumento válido, incluso cuando este había resultado incómodo.

Cuando la reunión parecía llegar a su fin, me levanté para despedirme. Pensé que todo había terminado y que regresaría a mi oficina con una historia completamente diferente a la que había imaginado durante la larga espera.

Sin embargo, antes de que alcanzara la puerta, el gerente me pidió que me detuviera.

—Hay algo más que necesito que hagas.

Lo miré con atención.

—Cuando salgas de esta oficina, quiero que pongas cara de preocupado. Mejor aún, cara de asustado.

Debo admitir que pensé que estaba bromeando.

No lo estaba.

—Sal con la cabeza baja, camina despacio y no hables con nadie. Quiero que todos crean que te he dado una llamada de atención monumental.

La petición era tan insólita que durante unos segundos no supe qué responder. Sin embargo, la expresión de su rostro dejaba claro que hablaba completamente en serio.

Con el paso de los años he llegado a pensar que aquella fue quizá la parte más interesante de toda la experiencia. El gerente comprendía perfectamente la diferencia entre lo que había ocurrido realmente y lo que ciertas personas necesitaban creer que había ocurrido. En privado había reconocido mis argumentos; en público consideraba necesario preservar determinadas apariencias.

Y así lo hice.

Salí del despacho con gesto sombrío, la mirada baja y el paso lento. Atravesé los pasillos sin intercambiar palabra con nadie, sintiendo las miradas curiosas de quienes intentaban adivinar lo sucedido detrás de aquella puerta. Estoy seguro de que muchos concluyeron que acababa de recibir la reprimenda más severa de mi carrera.

Ninguno de ellos habría imaginado que, en realidad, acababa de mantener una de las conversaciones más interesantes de mi vida profesional.

Han pasado muchos años desde entonces y, aunque los detalles de innumerables reuniones se han desvanecido de mi memoria, aquella experiencia continúa regresando de vez en cuando con una claridad sorprendente. Tal vez porque fue la primera vez que comprendí que las organizaciones no funcionan únicamente mediante reglamentos, organigramas y procedimientos. También funcionan mediante símbolos, percepciones, equilibrios de poder y pequeñas representaciones que ayudan a mantener un orden que rara vez aparece escrito en alguna parte.

Aquella mañana llegué convencido de que iba a ser sancionado por defender una idea. Salí convertido en actor de una obra que jamás había imaginado interpretar. Y fue precisamente entonces, cuando el gerente me pidió actuar, que empecé a comprender cómo funciona realmente el poder.

 


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