Los altos sí tienen ventaja… pero no por donde yo pensaba

Siempre he sospechado que los altos tienen ciertos privilegios en esta vida. No me refiero a cambiar focos ni alcanzar cosas en Plaza Vea. Hablo de esos privilegios raros que nadie admite.

En el colegio, por ejemplo, cuando hacían la formación, los gigantes iban atrás con cara de repetir quinto de secundaria desde los ocho años, mientras uno estaba adelante entre los compactos, pareciendo alumno de intercambio de inicial.

Y después la cosa seguía.

Llegabas a una reunión y aparecía un sujeto de metro ochenta y tantos. Nadie sabía qué hacía, nadie sabía si era gerente, ingeniero o vendedor de yates, pero automáticamente alguien decía:

—Ah, él debe ser el jefe.

¿Por qué?

Nadie sabe.

La humanidad tiene sus defectos.

Así que hace unos días me crucé con un estudio serio —de esos con tablas, gráficos, fórmulas y letras griegas que aparecen cuando los investigadores quieren asustar a la población— y me llamó la atención porque hablaba precisamente de eso.

El estudio se llama Stature and Status: Height, Ability, and Labor Market Outcomes, fue elaborado por Anne Case y Christina Paxson y publicado por el National Bureau of Economic Research (NBER) en agosto de 2006.

Yo pensé que iba a encontrar la explicación que todos sospechábamos: que los altos ganan más porque proyectan autoridad, seguridad, liderazgo o alguna de esas palabras que aparecen en seminarios donde alguien promete convertirte en líder en ocho sesiones y un coffee break.

Pero el estudio me metió su lapo académico.

Porque sí encontraron una diferencia económica. Y no pequeña.

Según los datos, una diferencia de cuatro pulgadas de altura —unos diez centímetros— estaba asociada con ingresos aproximadamente 10% mayores.

Diez por ciento.

Nada despreciable.

Con razón más de uno habrá querido colgarse de las barras del micro cuando era chibolo.

Pero ahí recién venía la parte tramposa.

Las investigadoras comenzaron a hacer lo que hacen los investigadores cuando quieren destruir teorías bonitas: meter más variables, más controles y más estadísticas.

Y apareció algo raro.

La altura parecía estar cobrando una fama que no le correspondía.

Y en ese momento me acordé de algo bien peruano.

Porque acá también tenemos nuestra propia versión del asunto.

Lo que sí parece repetirse bastante —más que la estatura— es otra cosa: uno revisa quiénes terminan llegando a ciertas gerencias o directorios y encuentra apellidos conocidos, círculos conocidos y colegios conocidos. A veces uno siente que ciertas promociones escolares producen gerentes con la misma eficiencia con que una panadería produce panes franceses.

No digo que exista una conspiración...

Pero si un día descubro que algunos directorios hacen primero reunión de promoción y después reunión de trabajo, tampoco me sorprendería demasiado.

Y una vez que uno empieza a buscar correlaciones, ya se malogró...

Porque comienzan a aparecer relaciones rarísimas.

Capaz el promedio de estatura de los que votaron por Keiko Fujimori era mayor que el de los que votaron por Roberto Sánchez.

La estadística tiene esa mala costumbre.

Después aparece un investigador con veinte tablas y te destruye tu teoría en diez minutos.

Y eso fue más o menos lo que pasó aquí.

Porque las investigadoras encontraron algo bastante más interesante: desde niños, los más altos ya mostraban diferencias en pruebas cognitivas.

Y no estamos hablando de universitarios ni de gente con MBA y palabras raras en LinkedIn.

Estamos hablando de niños.

Niños pequeños.

En algunos casos, a los tres años de edad, una diferencia de una desviación estándar en altura estaba asociada con mejoras entre 5% y 10% en pruebas de vocabulario y capacidades cognitivas.

Tres años...

A esa edad yo todavía estaba resolviendo asuntos importantes como descubrir por qué los marcianos eran verdes.

No estaba desarrollando ninguna estrategia intelectual avanzada.

La explicación tampoco era que los niños altos nacían con una microcomputadora cuántica instalada en la cabeza.

El estudio apunta hacia otra cosa: mejores condiciones durante el embarazo, mejor nutrición, mejor salud y un mejor entorno durante la infancia ayudan tanto al desarrollo físico como al cognitivo.

O sea, cuerpo y cerebro estaban subidos en la misma combi desde el inicio.

Y ahí entendí algo.

La altura no era necesariamente el protagonista de la película.

Era el actor secundario llevándose el Oscar.

De hecho, cuando las investigadoras incorporaban medidas de habilidades cognitivas en sus análisis, el famoso beneficio económico por altura prácticamente desaparecía.

En otras palabras: la altura parecía decir:

"Mírenme a mí".

Mientras el verdadero trabajo lo estaba haciendo otro por atrás.

Algo parecido a ese compañero de universidad que salía a exponer quince minutos con voz de candidato presidencial y recibía las felicitaciones, mientras otros tres habían amanecido haciendo toda la chamba.

Al final me quedé pensando en algo.

Uno suele creer que muchas ventajas empiezan cuando entra a trabajar, cuando llega a la universidad o cuando se pone saco y corbata por primera vez.

Pero algunas empiezan muchísimo antes.

Empiezan cuando todavía ni siquiera sabemos cuánto es siete por ocho.

Aunque por si acaso mañana voy a medirme otra vez. Nunca se sabe...

Y felizmente esa fue la conclusión del estudio.

Porque la conclusión no fue:

"Debiste nacer más alto".

Porque ahí sí ya nos jodimos...




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