Cualquier cosa te aviso
Hace algún tiempo empecé a sospechar que existe una frase capaz de mantener viva una conversación mucho después de que la conversación haya terminado. No es una frase agresiva, tampoco ofensiva ni particularmente memorable. De hecho, si uno la analiza palabra por palabra, parece hasta amable. Pero tiene una extraña capacidad para instalarse en la cabeza durante días, semanas o incluso meses, especialmente cuando quien la escucha está esperando alguna respuesta que considera importante.
La frase es sencilla.
—Cualquier cosa te aviso.
La primera vez que le presté
verdadera atención fue después de una entrevista de trabajo. Había pasado por
varias reuniones, respondido preguntas que parecían extraídas de un examen
psicológico diseñado por alguien con una imaginación excesivamente fértil y
explicado mis fortalezas, mis debilidades, mis aspiraciones profesionales y
probablemente hasta detalles que ni yo mismo había descubierto todavía. Cuando
todo terminó, la persona encargada me respondió con una sonrisa cordial que en
esos días estarían evaluando algunos detalles y que, cualquier cosa, me
avisaban.
Salí relativamente tranquilo.
Después de todo, la respuesta no era negativa. Tampoco era positiva. Era algo
que se encontraba en una zona intermedia donde la esperanza todavía podía
respirar (o agonizar).
Pasaron los días. Luego las
semanas. Después los meses… Y finalmente comprendí que la única cosa que había
ocurrido era que nadie había considerado necesario avisarme nada.
Lo curioso es que no me molestó
tanto la ausencia de respuesta como la sensación de haber permanecido
suspendido en una especie de limbo administrativo. Si me hubieran dicho que no,
el asunto habría terminado esa misma tarde. Si me hubieran dicho que sí,
también. Pero el "cualquier cosa te aviso" había conseguido algo
mucho más sofisticado: dejar el expediente abierto sin comprometerse jamás a
resolverlo.
Aquella expresión aparecía en
todas partes. Un proveedor prometía revisar un problema con una factura y
concluía la conversación con un "cualquier cosa te aviso". Un amigo
evaluaba la posibilidad de reunirse el fin de semana y terminaba diciendo
exactamente lo mismo. Un posible cliente que parecía entusiasmado con una
propuesta también recurría a la frase con una naturalidad admirable. Incluso
algunos familiares parecían utilizarla como si formara parte del protocolo
oficial de las relaciones humanas.
Poco a poco llegué a la
conclusión de que no estaba frente a una simple expresión coloquial. Estaba
frente a una herramienta social extraordinariamente eficiente.
Porque decir "no" exige
cierta dosis de valentía y coraje. Decir "todavía no lo sé" requiere
honestidad y humildad. Decir "no estoy interesado" implica asumir una
posición…En cambio, decir "cualquier cosa te aviso" permite abandonar
elegantemente el campo de batalla sin que nadie pueda acusarnos de haber tomado
una decisión.
La genialidad de la frase
consiste precisamente en eso. Parece un compromiso cuando en realidad es apenas
una posibilidad. Suena a promesa, pero funciona como una hipótesis. Da la
impresión de que existe una acción futura programada, aunque en muchos casos lo
único que existe es una amable intención de concluir la conversación sin
generar incomodidades.
Donde este fenómeno alcanza
niveles particularmente refinados es en el terreno sentimental. Allí la frase
adquiere matices que rozan el arte.
Alguien propone volver a verse. La
otra persona sonríe. La conversación transcurre con aparente normalidad… Y
justo antes de despedirse aparece el inevitable:
—Sí, claro, cualquier cosa te
aviso.
Nadie discute.
Nadie pregunta exactamente qué
significa.
Nadie solicita precisiones sobre
la naturaleza de esa misteriosa "cosa" cuya eventual aparición
activará el mecanismo del aviso. Sin embargo, ambos participantes suelen
entender perfectamente lo que acaba de ocurrir.
Uno se marcha creyendo que existe
una posibilidad. El otro se marcha agradeciendo que la conversación haya
terminado sin necesidad de explicar que no existe ninguna.
Lo verdaderamente fascinante es
que la expresión sobrevive precisamente gracias a su ambigüedad. Si fuera
demasiado clara perdería utilidad. Si fuera demasiado vaga generaría
desconfianza inmediata. Su éxito radica en haberse instalado exactamente en el punto
medio entre la expectativa y la incertidumbre, permitiendo que cada persona
complete mentalmente los espacios vacíos según sus propias necesidades.
Por eso también resulta tan
popular en empresas, instituciones y organizaciones de todo tipo. Cuando un
problema no tiene solución inmediata, cuando una respuesta todavía no existe o
cuando nadie quiere asumir el costo de dar una mala noticia, la frase aparece
con la puntualidad de un viejo funcionario que jamás falta a su puesto.
Uno pregunta por una entrega: - Cualquier
cosa le avisamos.
Pregunta por un trámite: - Cualquier
cosa le avisamos.
Pregunta por un reclamo: - Cualquier
cosa le avisamos.
Al cabo de cierto tiempo empieza
a parecer que existe una gigantesca red nacional de avisadores profesionales
cuya principal actividad consiste precisamente en no avisar.
Y, sin embargo, la mayoría de las
personas continúa utilizándola con absoluta buena fe.
Porque también hay que reconocer
que en ocasiones significa exactamente lo que dice. Hay situaciones en las que
realmente no existe una respuesta disponible, casos en los que la decisión
depende de terceros o circunstancias en las que todavía no ha ocurrido nada
digno de ser comunicado. El problema es que la frase ha sido utilizada tantas
veces como refugio diplomático que terminó desgastando su propia credibilidad.
Quizá por eso, cada vez que
escucho un "cualquier cosa te aviso", ya no lo interpreto como una
promesa ni como una garantía. Lo observo más bien como una de esas pequeñas
costumbres sociales que hemos desarrollado para evitar las asperezas de la
sinceridad absoluta. Porque muchas veces sería más simple escuchar un "no
sé", un "todavía no", un "no va a ser posible" o
incluso un "no me interesa".
Pero esas respuestas cierran
puertas.
Y nosotros parecemos sentir una
extraña debilidad por dejarlas entreabiertas, aunque sepamos perfectamente que
nadie piensa volver a cruzarlas.
Por eso la frase seguirá
acompañándonos durante mucho tiempo. Después de todo, ha logrado algo que pocas
expresiones consiguen: permitir que una conversación termine sin terminar
realmente, dejando a una persona con la sensación de que algo podría ocurrir en
el futuro y a la otra con la tranquilidad de no haber tenido que decir
exactamente lo que pensaba.

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