Analfa
Cuando era chibolo, en mi casa me decían Beto, diminutivo de Alberto, y yo lo aceptaba con la ternura con la que uno acepta los apodos familiares. Beto era mi nombre de casa, el que me decía mi vieja, el que escuchaba cuando me llamaban para comer, para hacer alguna cosa o simplemente para saber dónde estaba metido. Pero en la cuadra la cosa era diferente. Mis patas me pusieron de chapa: Analfa. Y lo curioso es que, durante un buen tiempo, yo también acepté ese apodo con bastante cariño. Es más, hasta me parecía que mis amigos habían tenido cierta inteligencia para inventarlo. La palabra original era “analfabeto”, pero como yo me llamaba Alberto y mi chapa era Beto, habían hecho una especie de operación lingüística bastante sencilla: le quitaron “Beto” a “analfabeto” y quedó “Analfa”. A mí me parecía genial. Incluso encontraba en esa palabra algo que me gustaba particularmente: Alfa. Y como yo había escuchado que alfa tenía que ver con el primero, con el que lidera, con el que va adelante, en mi imaginación infantil “Analfa” terminaba teniendo algo de importante. Yo no veía ninguna ofensa allí. Al contrario, cuando mis patas me gritaban desde la esquina “¡Analfa!”, yo volteaba orgulloso y les devolvía el saludo.
Hasta que un día de verano, saliendo con mi mamá rumbo a la casa de mi abuelita, ocurrió algo que cambió completamente mi relación con aquel apodo. Mis patas estaban en la calle y, apenas me vieron, me gritaron desde lejos:
—¡Analfa!
Yo, como siempre, levanté la mano y los saludé tranquilamente. Pero mi mamá no levantó la mano. Mi mamá primero me miró a mí, después miró a mis patas y finalmente volvió a mirarme con una expresión que ya anunciaba que se venía una pregunta que probablemente no me iba a gustar.
—¿Por qué te dicen Analfa?
Yo, muy orgulloso de mi explicación, le conté toda la historia. Le expliqué que yo me llamaba Alberto, que me decían Beto, que ellos habían tomado “analfabeto”, le habían quitado “beto” y habían dejado “Analfa”. Y, para rematar mi teoría, probablemente también le hablé de aquello de “Alfa”, porque para mí había encontrado una manera bastante inteligente de convertir una chapa aparentemente extraña en algo casi importante.
Mi mamá me escuchó hasta el final.
Y luego me explicó algo que yo, hasta ese día, aparentemente no había considerado.
Analfabeto no tenía nada que ver con ser alfa, ni con ser primero, ni con ser líder.
Significaba que una persona no sabía leer ni escribir. Y también podía utilizarse para referirse a alguien ignorante, sin conocimientos o sin cultura.
Ahí se acabó mi teoría.
Hasta ese momento yo había recibido el apodo con orgullo porque no entendía realmente lo que significaba. Mi mamá, sin proponérselo, hizo que lo escuchara de otra manera. Y desde ese día, cuando alguno de mis patas me gritaba “¡Analfa!”, ya no me causaba ninguna gracia. Si algún huevón insistía en seguir llamándome así, me mechaba. El apodo había dejado de ser una ocurrencia ingeniosa y se había convertido, para mí, en algo que no quería llevar encima.
Pero mi vieja consiguió algo mucho más interesante que hacerme pelear con mis amigos. Me hizo leer.
No me dijo: “Ahora vas a leer para demostrar que no eres analfabeto”. Tampoco me puso tareas de lectura, ni me castigó con un libro, ni me dijo que tenía que estudiar para aprender más. Simplemente, después de aquella conversación, yo empecé a tomar los libros de otra manera. Incrementé al triple mis horas de lectura. Me metía con las enciclopedias que solíamos tener en las bibliotecas caseras, buscaba palabras que no conocía, leía temas distintos y, casi sin darme cuenta, iba acumulando palabras, conocimientos y curiosidades. Cada palabra nueva que encontraba era, de alguna manera, una pequeña revancha contra aquella chapa que ya no soportaba.
Con el tiempo entendí que mi mamá había hecho algo bastante más inteligente que decirme que estudiara. Me hizo querer dejar de ser aquello que yo había descubierto que significaba “Analfa”. Y eso fue suficiente para que comenzara a leer por mi propia voluntad.
Así que, mirando las cosas desde ahora, tengo que reconocer que mis patas de la cuadra me hicieron un favor bastante grande. Ellos inventaron la chapa, mi mamá me explicó el significado y yo terminé leyendo enciclopedias para demostrarme a mí mismo que de analfabeto no tenía nada…

Comentarios