Clarísimo su lenguaje corporal …
Hace algunas décadas empecé a estudiar Programación Neurolingüística y Lenguaje Corporal por una razón bastante menos académica de lo que podría parecer. No era porque quisiera dedicarme a la psicología, ni porque estuviera pensando en convertirme en especialista en comunicación no verbal. La verdadera razón era mucho más sencilla y, viéndolo ahora con cierta distancia, bastante más peligrosa: quería entender los mensajes que algunas amigas me estaban enviando y que yo no sabía traducir. Había miradas, sonrisas, determinadas formas de acercarse, comentarios que parecían tener un segundo significado y hasta situaciones que yo interpretaba como mensajes telepáticos. Y yo sentía que quizá me estaba perdiendo oportunidades. Porque, claro, uno puede ser muy inteligente para algunas cosas, pero cuando se trata de saber si una mujer está interesada en uno, de pronto toda la inteligencia disponible parece estar con descanso médico (el verdadero).
Había una chica en especial que
me gustaba muchísimo. No voy a decir que estaba enamorado porque eso suena
demasiado fuerte para alguien que, en aquel entonces, todavía pretendía
conservar cierta dignidad. Pero sí, estaba enamorado. Y además era un amor silencioso,
de esos que uno guarda cuidadosamente para sí mismo, mientras por dentro va
construyendo una película completa con introducción, desarrollo, clímax y final
feliz, aunque la otra persona probablemente ni siquiera sabe que participa en
la película. Ella tenía determinadas formas de mirarme, de sonreírme, de
acercarse cuando conversábamos y, en algunas ocasiones, parecía hacer gestos
que, por la forma en que los hacía, yo estaba seguro de que estaban dirigidos
solamente a mí. Yo no tenía ninguna duda. Bueno… tenía algunas dudas, pero eran
dudas muy pequeñas, porque cuando a uno le gusta alguien, curiosamente las
certezas aparecen con mucha facilidad.
Entonces decidí prepararme.
Estudié PNL, estudié lenguaje corporal, aprendí sobre gestos, posturas,
miradas, orientación del cuerpo, proximidad, expresiones faciales y todas esas
cosas que uno descubre que existen justo cuando empieza a necesitarlas para
resolver un problema personal. Me parecía fantástico. Por fin iba a tener
herramientas para descifrar aquello que hasta entonces había sido un misterio.
Ya no tendría que preguntarme si una sonrisa era simplemente una sonrisa o si
detrás de ella había algún mensaje. Ya no tendría que imaginar si aquella
mirada había sido casual o intencional. Ahora podría observar científicamente.
Con método. Con objetividad. Con criterios...
Así que empecé a observarla con
mis nuevos conocimientos. Y al principio todo parecía confirmar mis sospechas.
Había comportamientos que coincidían con lo que yo había aprendido. Cuando
hablábamos, ella mantenía determinada proximidad. Cuando estábamos en grupo, en
algunas ocasiones orientaba el cuerpo hacia nosotros. Me miraba cuando hablaba.
Sonreía. Buscaba conversación. Y yo iba acumulando mentalmente evidencias, como
si estuviera preparando un expediente. "Esto es una señal", pensaba.
"Esto también". "Esta es clarísima". Y cuando ocurría algo
particularmente evidente, ya ni siquiera necesitaba analizarlo: simplemente lo
incorporaba a mi teoría.
Hasta que un día coincidimos los
tres: ella, mi amigo Franklin y yo.
Y entonces sucedió algo que, si
hubiera ocurrido antes de mis estudios, probablemente no habría sabido
interpretar.
Ella empezó a conversar con
Franklin.
Al principio no le presté
demasiada atención. Después comencé a observar. Le hacía preguntas. Lo miraba
directamente cuando él hablaba. Se reía de sus comentarios. Se acercaba un
poco. Buscaba mantener la conversación. Y mientras más observaba, más familiar
me resultaba todo aquello.
Demasiado familiar.
De pronto empecé a reconocer en
ella los mismos comportamientos que yo había interpretado durante meses como
señales dirigidas hacia mí.
Miré a Franklin.
Franklin hablaba tranquilamente.
La miré a ella.
Ella miraba a Franklin.
Volví a mirar a Franklin.
Seguía sin enterarse de nada.
Y ahí empezó mi tragedia.
Porque comprendí algo que me
costó aceptar: yo había estudiado lenguaje corporal para descubrir que la
mujer que yo creía que estaba interesada en mí, en realidad estaba interesada
en mi pata.
Todo encajaba: las miradas, las
sonrisas, las conversaciones, los acercamientos, los gestos...
Incluso algunos de aquellos
supuestos mensajes telepáticos que yo había interpretado como inequívocamente
dirigidos hacia mí, ahora, viéndolos con otros ojos, adquirían un significado
completamente diferente.
Yo había pasado meses creyendo
que estaba recibiendo señales.
Y ahora descubría que,
efectivamente, las señales existían.
El problema era que yo no era
el destinatario.
Lo peor de todo era que Franklin
no se daba cuenta. Absolutamente nada. Podían haberle puesto una flecha
luminosa encima de la cabeza con la palabra "FRANKLIN" y
probablemente habría pensado que era publicidad. Yo lo observaba y sentía una
mezcla bastante extraña de pena, envidia, celos, resignación y una pequeña
esperanza que todavía se resistía a morir. Porque, vamos a ser sinceros, uno
puede descubrir que estaba equivocado, pero el corazón no siempre acepta la
información con la misma rapidez que el cerebro.
Finalmente decidí hablar con él.
Un día, estando los dos solos, le
dije:
—Franklin, creo que esa chica
está interesada en ti.
Me miró como si acabara de
informarle que había ganado una licitación.
—¿En mí?
—Sí.
—¿Estás seguro?
Aquí tuve que hacer una pausa.
Porque nunca antes había
necesitado tanto mis estudios.
—Bueno… —le dije—, digamos que he
observado ciertos comportamientos.
Franklin se quedó pensando unos
segundos.
Y entonces me dijo:
—¡Pero a mí no me gusta!
Silencio.
Yo pensé que no había entendido.
—¿Cómo que no te gusta esa
princesa?
—No, pues. No me interesa.
Y ahí apareció la segunda parte
de la historia, la que definitivamente no estaba contemplada en ninguno de mis
cursos de PNL ni en ningún manual de lenguaje corporal.
Franklin estaba enamorado de otra
chica. Una chica más flaquita. Así de simple.
Mientras yo había pasado quién
sabe cuánto tiempo tratando de descifrar si la primera chica estaba enamorada de mí,
luego descubrí que estaba interesada en Franklin y, cuando finalmente reuní el
valor suficiente para informarle semejante descubrimiento, resulta que Franklin
estaba mirando hacia otro lado.
Y no precisamente hacia mí (no
suelo cumplir con la “cuota” que exigen las corporaciones).
Estaba enamorado de otra, más
flaquita.
Yo me quedé pensando en toda la
operación.
Había estudiado PNL.
Había estudiado lenguaje
corporal.
Había aprendido a observar
gestos, posturas, miradas y señales.
Había revisado mentalmente una
cantidad enorme de comportamientos para llegar a una conclusión.
Y la conclusión era correcta.
La chica sí estaba interesada
en Franklin.
El único problema era que
Franklin no estaba interesado en ella.
Y entonces comprendí algo que
ningún libro me había enseñado: a veces uno puede interpretar correctamente
las señales y aun así llegar a una situación completamente inútil.
Pero quizá esa fue la parte más
divertida de todo.
Yo había empezado aquellos
estudios preocupado porque sentía que me estaba perdiendo oportunidades por no
saber interpretar las señales que me enviaban las mujeres.
Y terminé descubriendo que,
efectivamente, había una oportunidad.
Solo que era para Franklin.
Y Franklin tampoco la quería.
Porque estaba enamorado de otra…más
flaquita.
Definitivamente, después de
aquello entendí que el lenguaje corporal podía ser muy útil.
La PNL también.
Pero cuando se trata del amor,
hay algo que ninguna técnica puede garantizar:
que la persona que te gusta,
la persona que gusta de ti y la persona que tú crees que gusta de ti… sean la
misma persona.
Y desde entonces aprendí a observar mucho más los detalles.
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