Juntos por el Perú y su idea de hacer CTRL+ALT+DEL al sistema
Hay planes de gobierno que uno lee con un cafecito al lado… y otros que se leen con un café, dos aspirinas y una copia de la Constitución Política del Perú abierta, como si fuera un mapa del tesoro.
Este último es el caso.
Porque claro, una cosa es querer
cambiar el país —lo cual es perfectamente válido, incluso necesario— y otra muy
distinta es intentar hacerlo como quien remodela la sala sin darse cuenta de
que la pared es estructural… y que tumbarla implica que se caiga toda la casa.
Y aquí es donde empieza el
problema.
El plan propone una Asamblea
Constituyente. Así, con naturalidad. Como quien dice “nos vemos mañana cuñau…”.
El detalle es que la Constitución
no es un folleto que se reemplaza en la impresora. Tiene reglas claras para
modificarse. No es capricho: es precisamente para evitar que cada gobierno
reescriba el país a su gusto.
Entonces, plantear una Asamblea
fuera de ese procedimiento es, en términos simples, como querer cambiar las
reglas del partido… mientras el partido ya se está jugando.
No es que no se pueda cambiar la
Constitución. Sí se puede. Pero no así. No por la ventana.
El plan habla de superar el
capitalismo, de un Estado que lidere sectores estratégicos, de replantear el
rol del mercado.
Hasta ahí, uno podría decir:
“bueno, es una propuesta ideológica”.
El problema es que la
Constitución ya tomó una posición: economía social de mercado. No es neutra. No
es ambigua. Está escrita ahí, con todas sus letras.
Entonces, cuando el plan propone
otra cosa, no está haciendo un ajuste. Está cambiando el motor del carro…
mientras el carro está en marcha.
Y eso, jurídicamente, no es una
política pública. Es una sustitución constitucional.
Hay una parte especialmente
delicada: los contratos-ley.
El plan plantea eliminarlos o
revisarlos. Suena bien en el discurso —corregir abusos, renegociar lo injusto—,
pero aquí aparece una palabra poco romántica, pero fundamental: seguridad
jurídica.
La Constitución protege esos
contratos precisamente para que el Estado no cambie las reglas después de
firmarlas.
Si mañana el Estado decide que lo
firmado ya no vale, el mensaje es claro: “firma tranquilo no más… pero no te
confíes”.
Y eso no solo afecta a grandes
empresas. Termina afectando empleo, inversión, estabilidad. Es como cambiar las
reglas del juego después de que todos ya apostaron.
El plan introduce algo llamado “Poder
Popular”. Suena potente, casi épico.
El problema es que la
Constitución ya tiene su diseño: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Tres
poderes, separados, equilibrados.
Meter un cuarto poder no es
añadir una silla a la mesa. Es cambiar la mesa.
Y cuando uno cambia la estructura
del poder, ya no estamos hablando de reformas. Estamos hablando de rediseñar el
Estado desde cero.
Se plantea que no haya
subordinación entre niveles de gobierno.
Dicho así, suena bien: autonomía,
empoderamiento, regiones fuertes.
Pero la Constitución define al
Perú como un Estado unitario. Descentralizado, sí. Pero unitario.
Eso significa que hay un orden,
una jerarquía, una coherencia.
Eliminar esa subordinación no es
profundizar la descentralización. Es acercarse peligrosamente a un modelo
distinto… algo más parecido a un sistema federal, que no es lo que tenemos.
El plan propone veedurías sobre
medios.
Aquí la cosa se pone interesante.
Porque nadie habla de censura directa. Pero sí de mecanismos que “alerten”
sobre contenidos.
Y uno ya ha visto suficientes
películas para saber que las alertas, cuando se institucionalizan, pueden
convertirse en presión.
La Constitución es clara: no hay
censura previa.
Entonces, aunque la intención
pueda ser buena, el riesgo es evidente: empezar regulando… y terminar
condicionando lo que se dice.
Después de revisar todo, la
sensación es clara.
No estamos ante un plan que
quiere gobernar con la Constitución actual.
Estamos ante un plan que necesita otra Constitución para poder existir.
Y eso no es ni bueno ni malo por
sí mismo. Es, simplemente, honesto decirlo.
Porque lo complicado no es querer
cambiar las reglas.
Lo complicado es actuar como si
ya se hubieran cambiado.
El país puede cambiar. Es más,
obviamente que debe cambiar. Siempre.
Pero hay dos caminos:
- cambiar respetando las reglas
- o cambiar primero las reglas… respetando cómo se
cambian
Lo que no funciona —nunca ha
funcionado— es hacer ambas cosas al mismo tiempo, como si no hubiera
consecuencias.
Porque la Constitución, nos guste
o no, no es un obstáculo.
Es el marco de juego.
Y cuando uno entra a la cancha
ignorando las reglas… lo más probable es que el partido ni siquiera llegue a
empezar.
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