Imprevisibilidad e Imbecilidad
Hay líderes que no buscan necesariamente convencer… sino descolocar. No intentan que estés de acuerdo, sino que dudes. Que no sepas si lo que dicen es en serio, si mañana harán lo contrario, o si —en una de esas— cruzarán una línea que nadie más se atrevería a cruzar.
Y ahí ocurre algo curioso: cuando
todo parece posible, incluso lo improbable empieza a pesar.
Hace años, esta lógica se
analizaba en escenarios lejanos, en guerras frías, en tensiones donde el error
costaba demasiado. Hoy, en cambio, la imprevisibilidad ya no es exclusiva de la
geopolítica. Se ha filtrado. Está en la política cotidiana, en el discurso
interno, en la forma en que algunos líderes construyen poder.
No es necesario parecer loco o
utilizar como estrategia la “Teoría del loco”. Basta con no ser predecible.
O mejor aún: con parecer que no
lo eres.
Ahí es donde aparecen casos
contemporáneos que, aunque distintos entre sí, comparten ese aire de
incertidumbre calculada —o al menos funcional.
En Donald Trump, por ejemplo, la
imprevisibilidad se convirtió casi en marca personal. Un “X” podía alterar
mercados, una declaración podía tensar relaciones internacionales, y un giro
inesperado podía descolocar incluso a sus propios aliados. ¿Estrategia?
¿Instinto? ¿Imbecilidad?... Probablemente una mezcla. Pero el efecto era claro:
nadie terminaba de saber hasta dónde podía llegar.
Con Javier Milei, la dinámica es
distinta, pero el resultado se parece. Su discurso rompe constantemente con lo
esperado, no solo por el contenido, sino por la forma. Hay intensidad,
confrontación, desborde. Y en ese estilo, que parece más identidad que cálculo,
también se instala la idea de que puede hacer cosas que otros no harían. La
imprevisibilidad, en su caso, no se anuncia… se encarna.
Y en el plano local, Rafael López
Aliaga introduce una versión más doméstica de este fenómeno. Declaraciones
polémicas, posiciones tajantes, movimientos que tensan el escenario político.
No se trata de política internacional ni de amenazas globales, pero sí de algo
igual de potente en su escala: alterar las reglas del juego interno, obligar a
los demás a reaccionar, incomodar.
Tres contextos distintos. Tres
estilos distintos. Un mismo efecto: incertidumbre.
Hay quienes lo hacen a través del
exceso. Declaraciones que rompen el molde, frases que incomodan, amenazas que
no encajan del todo en el guion institucional. Un día dicen una cosa, al
siguiente otra. Retroceden, avanzan, contradicen, reformulan. Y en ese vaivén,
generan algo más potente que la coherencia: generan incertidumbre.
Y la incertidumbre, bien usada,
es poder.
Porque el otro —sea adversario
político, país rival o ciudadano común— empieza a calcular distinto. Ya no
responde a lo que eres, sino a lo que podrías ser. A lo que, en el peor
escenario, podrías hacer.
En algunos casos, esta
imprevisibilidad parece calculada. Una especie de estrategia implícita: tensar
la cuerda lo suficiente como para que el otro no quiera comprobar hasta dónde
llega. En otros, en cambio, parece más bien una extensión natural del personaje.
Un estilo. Una forma de estar en el mundo que luego, casi sin querer, produce
efectos políticos.
Y ahí la línea se vuelve difusa.
¿Es estrategia… o identidad?
¿Es cálculo… o impulso?
Quizás ambas cosas.
Lo interesante es que, más allá
de la intención, el efecto se parece. La escena se vuelve inestable. Las
reglas, borrosas. Lo que antes era impensable empieza a discutirse como
posibilidad. Y en ese terreno movedizo, quienes dominan no son necesariamente
los más racionales, sino los que mejor manejan la percepción.
Porque esto no va de ser
impredecible en esencia, sino de ser percibido como tal.
Y esa percepción, una vez
instalada, se amplifica sola.
Pero hay un costo.
La imprevisibilidad no es gratis.
Desordena. Erosiona confianza. Cansa. Jode. Genera adhesión intensa en algunos,
rechazo visceral en otros, y en muchos… una especie de fatiga silenciosa. Como
si el sistema entero estuviera funcionando en modo alerta permanente.
Y ningún sistema puede sostener
eso indefinidamente sin pasar factura.
Ni una relación. Ni un país.
…. Y así, queda una sensación
difícil de sacudir: la política, en ciertos momentos, deja de ser un espacio de
certezas y se convierte en un ejercicio de interpretación.
Ya no importa tanto lo que se
dice, sino lo que podría significar.
Ya no importa tanto lo que se
hace, sino lo que se podría hacer.
Y en ese juego de posibilidades
abiertas, la imprevisibilidad deja de ser un rasgo… y se vuelve un lenguaje.
Uno que no siempre entendemos del
todo.
Pero que, igual, nos obliga a
reaccionar.
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