El Amor y la ISO 31000: Cómo gestionar los riesgos en el amor

El Amor y la ISO 31000: Cómo gestionar los riesgos en el amor

Voy a empezar confesando algo: yo también he estado enamorado como idiota. De ese enamoramiento que te hace ver a la otra persona como si fuera una mezcla entre ángel, poema de Neruda y promoción válida hasta agotar stock. Y claro… después uno descubre que no era ángel, ni poema… y que el stock venía con fallas de fábrica.

Ahí entendí algo importante: el amor no falla por falta de sentimiento, falla por mala gestión.

Sí, suena poco romántico … Así como alguna vez quise fabricar tecnopor con detergente (y casi muero en el intento), muchos intentan fabricar relaciones sólidas con pura espuma emocional. Y ya sabemos cómo termina eso.

 

El enamoramiento: ese laboratorio químico que te deja medio sonso

Hay un momento —hermoso, sí— en el que uno pierde el juicio con elegancia. El enamoramiento. Ese estado donde el cerebro decide huevear y dejar todo a cargo de la dopamina.

Dicen los peritos que el enamoramiento no es ver a la otra persona como es, sino como la imaginas . Es decir, no te enamoras de alguien… te enamoras de tu versión editada de alguien.

Y ahí comienza el problema.

Porque mientras tú ves “virtudes únicas”, la realidad —calladita— está tomando apuntes para el futuro desastre.

 

Entonces apareció la ISO 31000

En algún momento, entre decepción y lucidez, me topé con una idea que me cambió la forma de ver las relaciones: aplicar la lógica de la gestión de riesgos al amor.

La norma ISO 31000 dice algo tan simple que asusta: el riesgo es el efecto de la incertidumbre sobre los objetivos .

Traducido al idioma del corazón:

  • Objetivo: Ser feliz en pareja
  • Incertidumbre: La otra persona (y tú mismo, no te emociones)
  • Riesgo: Que todo salga mal… o sorprendentemente bien

Y ahí entendí: amar bien no es cuestión de suerte. Es cuestión de gestionar esa incertidumbre.

 

Primera escena: cuando eliges mal (y sabías)

A ver si te suena familiar (no por el grado de parentesco, eso sería incesto…).

Conoces a alguien increíble. Risas, química, miradas, canciones de fondo que parecen puestas por un DJ cósmico. Pero hay detalles… pequeños… insignificantes… como que:

  • nunca cumple lo que promete
  • habla mal de todo el mundo
  • desaparece más que político en campaña

Y tú dices: “ya cambiará”. Error. Eso, en lenguaje ISO, se llama ignorar un riesgo identificado.

 

El arte de elegir sin estar ciego (o al menos no tanto)

La gestión de riesgos empieza por entender qué quieres.

Parece obvio, pero no lo es. Mucha gente quiere “sentir bonito” y termina firmando contratos emocionales sin leer la letra chica.

Entonces la pregunta (que incomoda) es: ¿quieres intensidad… o estabilidad?

Porque no siempre vienen en combo.

Cuando tienes claro tu objetivo, empiezas a ver cosas que antes ignorabas. Y eso duele un poco. Pero menos que divorciarte emocionalmente tres años después.

 

El diagnóstico: ver lo que no quieres ver

La ISO propone identificar riesgos. En el amor eso significa algo simple y brutal: dejar de hacerte el loco.

Ejemplo realista:

“Es celoso, pero porque me quiere”.

No. Es celoso porque es celoso. Y eso tiene consecuencias.

La norma también dice que todo riesgo tiene probabilidad y consecuencia .

Entonces:

  • Probabilidad de conflicto: alta
  • Consecuencia: desgaste emocional, discusiones, control

Resultado: relación con pronóstico reservado.

Pero claro… tú estás enamorado. Y el enamorado es especialista en justificar lo injustificable.

 

El tratamiento (o lo corriges… o te corriges)

Aquí viene la parte adulta del asunto.

No todo riesgo implica huir. Algunos se pueden trabajar:

  • mala comunicación? se conversa
  • inseguridad? se acompaña
  • hábitos molestos?  se negocian

Pero hay otros que no:

  • falta de respeto
  • violencia
  • incompatibilidad profunda

Ahí no hay ISO que te salve. Solo decisiones.

Y sí, duele. Pero duele menos que insistir en algo que ya nació torcido.

 

El seguimiento: el amor no es una foto, es una película

Uno de los principios más elegantes de la norma es que el riesgo es dinámico .

Traducido:
La relación de hoy no es la misma de mañana.

Las personas cambian. Tú cambias. La vida mete variables nuevas.

Por eso las parejas que funcionan no son las que nunca tienen problemas… sino las que revisan, ajustan y aprenden.

Como quien maneja por la Costa Verde al atardecer, sintiendo que todo está bien… pero igual atento al tráfico.

 

Y entonces… ¿existe el “buen amor”?

Sí. Pero no es el de las películas.

El buen amor no es el que te hace perder la cabeza… es el que no te la quita del todo.

Es ese donde puedes decir “te amo”… sin dejar de pensar.

Es ese donde la emoción no reemplaza al criterio, sino que baila con él.

 

Epílogo (con algo de honestidad)

Si me preguntas cómo garantizar un buen amor, te diría esto:

No se garantiza.

Pero se gestiona.

Y en ese pequeño cambio —de esperar milagros a tomar decisiones— ocurre algo curioso: empiezas a elegir mejor… y a quedarte donde sí vale la pena.

Y de pronto, sin darte cuenta, ya no estás fabricando espuma emocional en el patio de tu vida.

Estás construyendo algo que, con suerte… no se deshace al primer viento.




 

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