Fuerza Popular: en principio, todo funciona
En principio, el plan de Fuerza Popular funciona. Encaja. No desentona. No obliga a correr a revisar la Constitución Política del Perú como si algo estuviera a punto de romperse. Todo está en su sitio, como debe estar. Y, sin embargo, conforme uno avanza, aparece una sensación menos cómoda: no la de estar frente a un error, sino la de estar frente a algo que, precisamente por estar tan correcto, empieza a exigir una pregunta más incómoda.
Porque una cosa es que un plan no
choque con la Constitución. Y otra —bastante más difícil— es que logre hacer
funcionar, de verdad, todo aquello que la Constitución ya permite.
Y esta vez, además, el contexto
importa más de lo habitual.
Tras las elecciones del 12 de
abril de 2026, los resultados parciales de la Oficina Nacional de Procesos
Electorales muestran algo que cambia la conversación: Fuerza Popular no solo
participa del tablero, sino que lo lidera. Se perfila como la primera minoría
en el nuevo Congreso bicameral —tanto en Senado como en Diputados— en un
escenario fragmentado, pero donde su peso político es, claramente, el mayor.
Es decir, ya no estamos leyendo
un plan más.
Estamos leyendo un plan con
posibilidades reales de ejecución.
Y ahí es donde la conversación se
vuelve interesante.
Hay algo curioso en cómo está
construido este documento. Promete prácticamente todo lo que uno esperaría:
crecimiento, formalización, mejores servicios, menos trabas, más inversión.
Todo suena razonable. Todo parece posible. Todo, además, ocurre al mismo
tiempo. Y ahí es donde conviene bajar un poco la velocidad.
Porque gobernar no es acumular
objetivos como quien arma una lista optimista, sino decidir. Elegir qué va
primero, qué puede esperar y qué, simplemente, no entra. Aquí esa conversación
no termina de aparecer. Todo avanza en paralelo, como si el Estado tuviera la
capacidad —y los recursos— para hacerlo todo sin fricción. Y en un país como el
Perú, esa suposición suele ser, como mínimo, optimista.
Donde el plan sí destaca —y
bastante— es en el diagnóstico. La descripción del Estado peruano es precisa:
burocracia pesada, trámites interminables, informalidad extendida, servicios
que no llegan. Uno lee y asiente. Sí, eso es exactamente lo que pasa. El
problema es que, cuando llega el momento de responder a la pregunta clave —¿qué
hacemos con esto?— el texto baja la intensidad. Aparecen verbos correctos: modernizar, optimizar,
mejorar. Pero los mecanismos concretos no siempre terminan de aterrizar.
Es como si el plan tuviera
problemáticas muy bien desarrolladas… pero solucionáticas que se quedan a medio
camino.
Y en el Perú, si algo no ha
faltado nunca, son diagnósticos lúcidos.
Luego está esa tensión elegante
—y bastante real— entre desregular y controlar. El plan quiere eliminar trabas,
simplificar procesos, hacer que las inversiones fluyan. Perfecto. Pero también
quiere fortalecer la supervisión,
mejorar el control, evitar abusos. También perfecto.
El problema es que, en la
práctica, ambas cosas no siempre se llevan bien. Menos trámites suele
significar menos filtros. Más control suele implicar más procedimientos. Y en
algún punto alguien tiene que decidir hacia dónde se mueve el sistema. El plan,
con bastante elegancia, evita
incomodarse con esa decisión.
Algo parecido ocurre cuando
aparece el tema fiscal, ese invitado que siempre llega tarde a la conversación.
Se habla de disciplina, de estabilidad, de equilibrio macroeconómico. Todo
correcto. Pero al mismo tiempo se proponen más inversiones, más programas, más
presencia estatal. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿de dónde sale
todo eso?
No hay irresponsabilidad
evidente. Pero sí una confianza bastante generosa en que las cuentas van a
cerrar.
En materia de seguridad, el tono
se vuelve más firme. Orden, autoridad, control. Son palabras que conectan con
una preocupación real, y que además forman parte de lo que el Estado debe
garantizar. Pero la experiencia peruana ha mostrado que el problema no está en
el discurso, sino en el límite.
¿Hasta dónde llega ese énfasis en
el orden?
¿En qué momento empieza a tensar
otros derechos?
El plan no rompe la Constitución.
Pero se mueve en una zona donde todo depende —otra vez— de cómo se ejecute.
La formalización aparece, como
siempre, como una meta central. Y, como siempre, suena bien. Pero la
informalidad peruana no es un trámite pendiente. Es una estructura compleja,
profundamente arraigada. Sin cambios más profundos —costos laborales, sistema
tributario, productividad— la formalización corre el riesgo de quedarse, una
vez más, en el terreno de las buenas intenciones.
Y entonces aparece la pregunta
más importante de todas.
El plan mantiene el mismo modelo,
las mismas reglas, el mismo marco general. No hay ruptura. No hay giro. Pero sí
hay una promesa clara de mejores resultados.
Y ahí es donde uno se queda
pensando.
Porque si el sistema es
básicamente el mismo…
¿qué es exactamente lo que ahora
va a hacerlo funcionar distinto?
Esa respuesta —la más importante—
no termina de aparecer con la claridad que uno esperaría.
A todo esto se suma un detalle
que ya no es menor: la gobernabilidad. Con un Congreso fragmentado pero
liderado por Fuerza Popular, el escenario no es de bloqueo absoluto… pero
tampoco de control total. Hay espacio para avanzar, sí. Pero también para negociar,
ceder, ajustar. Y nada de eso suele aparecer en los planes de gobierno.
Y entonces la conclusión no llega
como un golpe, sino como una idea que se va acomodando sola.
El plan de Fuerza Popular no
rompe nada. No desordena. No propone saltos al vacío ni atajos
constitucionales. Todo está, efectivamente, dentro del marco. En principio,
todo funciona.
Pero quizás ese es justamente el
punto donde conviene detenerse un segundo más.
Porque en el Perú no hemos
fallado por falta de reglas. Ni por falta de planes razonables. Ni siquiera por
falta de diagnósticos acertados. Todo eso, en mayor o menor medida, ya lo hemos
tenido antes.
Lo que ha sido esquivo —casi
sistemáticamente— es algo bastante menos espectacular: hacer que lo que ya está
previsto funcione como debería.
Y esta vez, a diferencia de
otras, el contexto no es una excusa menor. Con el peso político que ha
alcanzado Fuerza Popular, la distancia entre el papel y la realidad ya no
depende solo de factores externos.
Depende, en buena medida, de su
propia capacidad de hacerlo funcionar.
Porque si esta vez funciona, no
será porque cambió las reglas.
Será porque alguien logró, finalmente, hacerlas funcionar.
Y esa, aunque suene menos épica,
siempre ha sido la parte más difícil.
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