La dignidad de un papel prestado
Hay momentos en la vida académica que te desnudan. Me pasó en el primer ciclo de la maestría en la Villarreal, en el curso de Desarrollo Económico.
Yo había elegido un tema que me apasionaba, pero que era denso: el desarrollo desde la perspectiva de la Economía Física.
Era una visión que arrastraba desde mis años en la UNI, influenciada por las intervenciones de un grupo de estudiantes que seguían las ideas de Lyndon LaRouche. Ellos hablaban de la economía no como un intercambio de papeles impresos, sino como la capacidad de la sociedad para aumentar su dominio sobre la naturaleza mediante el progreso técnico; lo que LaRouche llamaba neguentropía o negatoentropía.
Aquel día, el azar me jugó una mala pasada y me encontré frente a la lista de exposición sin mis apuntes. Sentí ese vacío en el estómago que te recuerda que, al final, somos humanos y fallamos. Cuando el profesor me llamó, no quise excusarme ni perder el tiempo. Caminé al frente y, casi por instinto, tomé un papel que tenía a mano. Era de otra materia, algo sin relación, pero en ese momento se convirtió en mi tabla de salvación, un simple apoyo visual para calmar los nervios del cuerpo.
Empecé a hablar desde lo que realmente se había quedado grabado en mí. No necesité leer porque las ideas de la economía física —esa relación profunda entre la física y la solución de problemas económicos reales— ya no eran datos en una hoja, sino parte de mi forma de entender el mundo.
Expliqué cómo el verdadero desarrollo se mide por el aumento de la productividad del trabajo a través de la tecnología.
Al final, cuando el profesor me pidió el papel creyendo que allí estaba el secreto de mi exposición, sentí una mezcla de alivio y humildad. Se lo mostré con honestidad:
—Profesor, le confieso que este papel es de otro curso. Me olvidé el trabajo, pero las ideas las traía conmigo...
Ese día aprendí que el conocimiento más valioso no es el que guardamos en un fólder para cumplir una formalidad, sino el que nos atrevemos a interiorizar y defender, incluso cuando nos quedamos con las manos vacías.

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