Beethoven ¿Oncólogo por accidente?
Hay noticias que uno lee en LinkedIn y, por un momento, piensa que el mundo finalmente encontró la solución a uno de los grandes problemas de la humanidad. Después de miles de millones de dólares invertidos en investigación, años de ensayos clínicos, médicos, laboratorios, cirugías, medicamentos y tratamientos cada vez más sofisticados, resulta que la solución estaba ahí, al alcance de cualquiera: sentarse cómodamente, poner la Quinta Sinfonía de Beethoven y esperar que las células cancerosas hagan sus maletas.
La historia tiene, además, todos
los ingredientes necesarios para convertirse en viral: Beethoven, cáncer,
ciencia, una cifra espectacular —“20% de las células cancerosas destruidas”— y,
por supuesto, la frase mágica que suele acompañar este tipo de descubrimientos
en las redes sociales: “La ciencia acaba de demostrar que…”. Cuando
aparece esa frase, yo ya empiezo a buscar dónde está el asterisco.
Porque hay una parte de esta
historia que es cierta. Y es precisamente esa pequeña parte verdadera la que ha
terminado convertida en una afirmación completamente distinta.
En 2010, un equipo de
investigadores de la Universidad Federal de Río de Janeiro, liderado por la
Dra. Márcia Alves Marques Capella, realizó un experimento muy interesante. No
pusieron a pacientes con cáncer a escuchar Beethoven. Tampoco colocaron parlantes
alrededor de una sala de oncología. Mucho menos reemplazaron la quimioterapia
por una buena dosis de música clásica.
Lo que hicieron fue bastante más
modesto y, justamente por eso, bastante más interesante: trabajaron in vitro,
es decir, con células cultivadas en laboratorio.
Las células estaban en placas,
dentro de un ambiente controlado, y fueron sometidas a diferentes estímulos
sonoros mediante altavoces. Entre las obras utilizadas estaba la Quinta
Sinfonía de Beethoven. También se empleó Atmosphères, del compositor
húngaro György Ligeti, mientras que una sonata para dos pianos de Mozart no
produjo el mismo efecto observable en los primeros ensayos.
Y aquí aparece el dato que
probablemente dio origen al titular espectacular: bajo determinadas condiciones
experimentales, la exposición sonora redujo aproximadamente en un 20% la
viabilidad de determinadas células de cáncer de mama, como la línea MCF-7.
Hasta ahí, estupendo.
La ciencia tiene todo el derecho
—y, diría yo, la obligación— de preguntarse por qué ocurre algo aparentemente
extraño. Las células no son pequeñas personas sentadas en una butaca escuchando
a Beethoven y diciendo: “¡Qué maravilla el segundo movimiento!”. No tienen
audífonos, ni gustos musicales, ni una lista de reproducción para los domingos.
Lo que reciben es energía
mecánica.
El sonido es una onda de presión.
Y las células, aunque parezcan pequeñas bolsitas biológicas bastante
tranquilas, están sometidas permanentemente a fuerzas mecánicas. Las
investigaciones en mecanobiología estudian precisamente cómo las células
perciben y responden a estímulos físicos. Cambios en presión, tensión,
vibración y otras fuerzas pueden afectar estructuras celulares, membranas y
procesos relacionados con el crecimiento y la división celular.
Por eso, una hipótesis razonable
es que determinados patrones de vibración, intensidad y frecuencia puedan
producir efectos físicos sobre las células en condiciones de laboratorio.
Pero aquí es donde conviene poner
los pies en la tierra… y sacar un poquito la trompeta del optimismo.
Una cosa es una célula en una
placa de laboratorio y otra, bastante diferente, es un tumor dentro del cuerpo
humano.
Y esa diferencia no es un pequeño
detalle técnico que podamos esconder debajo de la alfombra.
En el laboratorio, los
investigadores pueden controlar la distancia al altavoz, la intensidad del
sonido, las frecuencias, el tiempo de exposición, el tipo de célula, la
temperatura y prácticamente todas las condiciones del experimento. Pueden
colocar las células exactamente donde quieren y observar qué sucede.
Dentro de nuestro cuerpo la
película es bastante más complicada.
Si uno escucha la Quinta Sinfonía
en su sala, las ondas sonoras llegan a sus oídos. No existe un pequeño túnel
acústico que transporte la Quinta Sinfonía directamente hasta un tumor situado,
por ejemplo, en el colon, en la próstata, el pulmón o el hígado con la misma
intensidad y características con las que las ondas llegaron a las células de la
placa experimental.
Entre el parlante y una célula
tumoral hay piel, tejido subcutáneo, músculos, órganos, huesos y otros tejidos.
La energía acústica no atraviesa ese recorrido como si el cuerpo fuera una caja
acústica diseñada por Beethoven.
Y tampoco basta con subir el
volumen hasta que el vecino llame a la policía.
Por eso, decir “Beethoven
destruye el 20% de las células cancerosas” es una manera tremendamente
engañosa de presentar el hallazgo. Más correcto sería decir que determinados
estímulos sonoros produjeron determinados efectos sobre determinadas células
cancerosas bajo condiciones específicas de laboratorio.
Parece una diferencia semántica. No
lo es. Es la diferencia entre investigación científica y publicidad.
Y aquí aparece algo que me
preocupa más que el exceso de entusiasmo musical: cuando este tipo de
información se comparte como si fuera un tratamiento contra el cáncer, puede
generar falsas expectativas en personas que realmente están enfrentando una
enfermedad seria.
El cáncer no es una sola
enfermedad. Existen numerosos tipos, subtipos, mutaciones y comportamientos
biológicos diferentes. Los tratamientos dependen del diagnóstico y de las
características específicas de cada paciente. Cirugía, radioterapia, quimioterapia,
inmunoterapia, terapias dirigidas y otros tratamientos forman parte de
estrategias médicas que han sido sometidas a procesos de investigación y
evaluación clínica.
Ninguno de ellos puede ser
reemplazado actualmente por sentarse frente a un parlante con Beethoven.
Aunque reconozco que la idea
tiene cierto atractivo. Imaginen la consulta médica:
—¿Cómo salió la biopsia?
—Bien, doctor. ¿Qué tratamiento
recomienda?
—Quimioterapia, radioterapia y,
si no es molestia, escuche la Quinta Sinfonía tres veces al día.
No parece precisamente el
protocolo que aprobaría un comité de oncología.
Ahora bien, que Beethoven no cure
el cáncer no significa que la música sea inútil para una persona enferma. Todo
lo contrario.
La música puede tener efectos muy
valiosos sobre el bienestar. La musicoterapia se utiliza en distintos contextos
clínicos y puede contribuir a disminuir ansiedad, estrés y malestar, además de
favorecer el estado de ánimo y la calidad de vida de los pacientes.
Y eso tampoco es poca cosa.
Si una persona que está
atravesando un tratamiento difícil encuentra en la música un momento de
tranquilidad, compañía o alivio emocional, ese beneficio es real y merece ser
tomado en serio. Simplemente pertenece a otra categoría.
Una cosa es ayudar a una
persona a sentirse mejor durante su tratamiento y otra muy diferente es afirmar
que la música está destruyendo su tumor.
Me parece que aquí tenemos una
pequeña lección que va mucho más allá de Beethoven.
Vivimos en una época en la que
cualquier resultado preliminar puede convertirse en una conclusión definitiva
después de pasar por tres redes sociales, dos titulares sensacionalistas y
alguien que empieza su publicación diciendo: “Esto los medios no quieren que lo
sepas”.
La ciencia, en cambio, suele ser
mucho menos espectacular.
Dice: “Tenemos una observación
interesante”.
Luego dice: “Necesitamos
repetirla”.
Después: “Necesitamos entender el
mecanismo”.
Más adelante: “Necesitamos
comprobar si funciona en modelos más complejos”.
Y, si todo va bien: “Necesitamos
ensayos clínicos para saber si funciona en seres humanos”.
Es un camino largo, aburrido y
lleno de palabras que no caben fácilmente en un titular de LinkedIn.
Pero así funciona la ciencia.
Por eso me parece perfectamente
válido compartir la noticia de que determinadas vibraciones acústicas pueden
afectar a células cancerosas en determinadas condiciones experimentales.
Incluso puede ser una línea de investigación fascinante dentro de la mecanobiología
y de otras áreas que estudian cómo las fuerzas físicas interactúan con los
sistemas biológicos.
Lo que no me parece válido es
saltar de ahí a:
“¡Escucha Beethoven y mata tus
células cancerosas!”
Eso ya no es ciencia.
Eso es Beethoven convertido en
farmacéutico.
Y, hasta donde sabemos, el bueno
de Ludwig van nunca estudió Medicina.
Así que podemos seguir escuchando
la Quinta Sinfonía. Podemos emocionarnos con sus primeros compases, subir un
poco el volumen —sin molestar demasiado al vecino— y dejar que la música haga
lo que mejor sabe hacer: conmovernos.
Pero si alguien nos dice que
también puede curarnos el cáncer, quizá convenga hacer algo mucho menos
musical:
bajar el volumen de la
afirmación y subir el volumen de la evidencia.
Porque una buena historia
científica no necesita exagerarse para ser interesante.
A veces, la realidad ya es
suficientemente extraordinaria.
Y, en este caso, Beethoven puede
seguir siendo Beethoven.
No oncólogo.

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