24x7
Hay expresiones que nacieron para un oficio específico y, con el tiempo, terminaron haciendo carrera en lugares donde nadie imaginó que llegarían. "24x7" era una de ellas. Durante años perteneció al mundo de los centros de datos, las centrales de emergencia y los servicios donde una interrupción de cinco minutos podía provocar un pequeño apocalipsis tecnológico. Era una expresión seria, técnica, casi solemne. Pero un buen día abandonó las salas de monitoreo y se mudó a las reuniones familiares. Desde entonces aparece con una puntualidad admirable cada vez que los hermanos se sientan a hablar sobre el cuidado de mamá o de papá.
Bueno... "hablar"
quizá no sea el verbo más preciso.
Al principio todos parecen
reunirse con las mejores intenciones. Se intercambian noticias, preguntan por
los últimos exámenes, comentan lo que dijo el médico y hasta da la impresión de
que el único tema importante es el bienestar de los padres. Sin embargo, basta
que alguien pregunte cómo van a repartirse las responsabilidades para que el
ambiente cambie discretamente de temperatura. Es un fenómeno curioso. Nadie
levanta la voz todavía, nadie golpea la mesa, pero uno empieza a sentir que la
conversación ya no se parece a una reunión familiar, sino a una audiencia donde
cada quien está preparando las pruebas de su propia inocencia.
Y entonces ocurre.
Siempre ocurre.
Alguien, con esa mezcla de
cansancio legítimo y orgullo cuidadosamente cultivado, acomoda el cuerpo en la
silla, hace una pausa lo suficientemente larga para captar la atención de todos
y dispara la frase con la seguridad de quien acaba de presentar la prueba
reina:
—Es que yo estoy con mamá 24x7.
Y ahí se acabó la reunión.
Hasta ese momento parecía
que todos estaban buscando la mejor manera de cuidar a una persona mayor. Desde
esa frase, en cambio, la conversación cambia de disciplina. Ya no se trata de
cuidar a mamá. Se trata de determinar quién merece la medalla de oro al hijo
más sacrificado del año.
Es un campeonato fascinante.
Porque, de pronto, dejan de
tener importancia esas pequeñas cosas que nadie ve: el hermano que pasó tres
mañanas llamando a clínicas hasta conseguir una cita; la hermana que revisó
media ciudad buscando un medicamento que no aparecía por ninguna farmacia; el
que reorganizó sus vacaciones para acompañar una hospitalización; el que paga
en silencio una enfermera porque sabe que los demás no pueden; el que vive
lejos, pero llama todos los días para asegurarse de que todo esté funcionando.
Nada de eso parece entrar en la contabilidad familiar.
No es 24x7.
El "24x7" tiene un
reglamento muy particular. Mide la cantidad de horas, pero rara vez se interesa
por lo que ocurre dentro de ellas. Es como esos restaurantes que anuncian un
buffet ilimitado y luego descubres que lo ilimitado es solamente el arroz.
Porque también existen esos
otros casos —y todos conocemos alguno— en los que el orgulloso propietario del
"24x7" comparte techo con sus padres, sí, pero buena parte del día
transcurre viendo televisión, revisando el celular, saliendo a hacer diligencias
personales o desapareciendo misteriosamente cuando llega el momento de
acompañar una consulta médica especialmente complicada. Lo extraordinario es
que esas pausas jamás afectan la certificación. Cuando llegan los hermanos, el
contador vuelve mágicamente a marcar cero y la frase reaparece impecable:
—Pero yo estoy aquí 24x7.
He llegado a pensar que el
"24x7" funciona como una especie de sello de calidad familiar. Si
existiera una norma ISO para medir sacrificios, más de uno enmarcaría el
certificado en la sala de su casa. Incluso imagino la auditoría.
—¿Cuántas horas permanece
usted con su madre?
—Veinticuatro.
—¿Y las siete noches de la
semana?
—También.
—Excelente. Certificación
aprobada. El resto de sus hermanos queda automáticamente descalificado.
Lo curioso es que los padres
nunca parecen participar de esa competencia. Ellos no llevan estadísticas, no
elaboran rankings ni calculan porcentajes de cariño. Cuando hablan de sus
hijos, casi siempre recuerdan otras cosas. Aquel que llegó sin que lo llamaran.
La hija que tuvo paciencia para escuchar la misma historia cuatro veces
seguidas sin mirar el reloj. El hijo que los hizo reír un día especialmente
difícil. Quien les acomodó una almohada, les preparó un café o simplemente se
sentó a conversar cuando el silencio empezaba a hacerse demasiado grande.
Por eso cada vez que escucho
la famosa expresión ya no pienso en disponibilidad permanente. Pienso en otra
cosa. Pienso en lo curioso que resulta que el "24x7" casi nunca
aparezca mientras alguien está cuidando a sus padres. Aparece durante las
discusiones. Surge cuando hay que repartir responsabilidades, tomar decisiones
incómodas o, peor aún, cuando alguien siente que ha llegado el momento de pasar
la factura emocional acumulada durante años.
Y ahí deja de ser una
descripción.
Se convierte en un
argumento.
No dudo de que existan
personas que realmente dedican su vida al cuidado de sus padres. Las conozco y
les tengo una enorme admiración. Lo que siempre me ha causado gracia es esa
necesidad que tienen algunos de anunciarlo cada cinco minutos, como si el cariño
necesitara departamento de marketing o como si el amor, para ser auténtico,
tuviera que llevar reloj biométrico.
Al final, sospecho que los
padres nunca recuerdan quién pronunció más veces el "24x7".
Recuerdan, más bien, quién estuvo cuando de verdad hacía falta.
Y eso, por suerte, todavía
no se puede medir con un cronómetro.

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