La FIFA tiene un problema….y se llama FUTBOX

Durante muchos años pensé que el reglamento del fútbol describía con bastante fidelidad el deporte que se practicaba dentro de la cancha. Veintidós jugadores, un balón, dos arcos, un árbitro, tarjetas amarillas, tarjetas rojas y un reglamento que, en términos generales, parecía suficiente para mantener cierto nivel de civilización durante noventa minutos.

Confieso que me equivoqué.

El reglamento sigue describiendo el fútbol de hace algunas décadas. El problema es que los futbolistas, con admirable espíritu innovador, decidieron ampliar el repertorio sin esperar la autorización de la FIFA.

Y lo han hecho con un éxito digno de reconocimiento.

Basta revisar algunos de los encuentros internacionales más recientes para comprobar que el fútbol moderno ya no es únicamente fútbol. Es una disciplina híbrida donde conviven pases filtrados, cambios de frente, presión alta, transiciones rápidas... y, de cuando en cuando, un derechazo que haría sentirse orgulloso al mismísimo Saúl "Canelo" Álvarez.

Lo curioso es que ya nadie parece sorprenderse.

Hace apenas unos días, durante el partido entre Argentina y España, la discusión futbolística decidió independizarse del balón durante algunos minutos. Los empujones evolucionaron con notable rapidez hacia una modalidad de intercambio de golpes que, observada con suficiente objetividad, difícilmente podría seguir siendo catalogada como un simple "incidente del juego". Hubo técnica, decisión y una convicción admirable de que ciertos desacuerdos tácticos debían resolverse por vías mucho más expeditivas que el diálogo.

Naturalmente, ese no ha sido un caso aislado.

La historia del fútbol viene construyendo desde hace décadas un sólido archivo de enfrentamientos memorables. Ahí están los recordados episodios entre los Países Bajos y Portugal en el Mundial de 2006; el célebre encontronazo entre Zinedine Zidane y Marco Materazzi en la final del Mundial de 2006; la batalla campal entre River Plate y Boca Juniors que obligó a más de uno a preguntarse si el clásico había sido organizado conjuntamente por la FIFA y la Federación Internacional de Boxeo; o esas discusiones que, generación tras generación, terminan convocando a titulares, suplentes, preparadores físicos, utileros y, si el árbitro se descuida, hasta al conductor del ómnibus oficial.

Resulta admirable la capacidad de convocatoria que tiene una bronca futbolística.

Lo verdaderamente extraño es que sigamos fingiendo sorpresa.

Cada vez que ocurre una pelea, el comentarista deportivo adopta un tono de preocupación profesional y anuncia:

—Se armó una trifulca...

Como si acabara de presenciar un Ovni.

Mientras tanto, la transmisión continúa mostrando repeticiones desde cinco ángulos distintos, exactamente igual que cuando revisan un gol. El panel analiza quién empujó primero, quién respondió después y quién conectó el golpe técnicamente más limpio de toda la secuencia. El VAR participa con una dedicación que, sospecho, no siempre pone cuando revisa una posición adelantada.

Entonces me hice una pregunta que, hasta donde sé, nadie en la FIFA parece haberse formulado.

¿No será que el reglamento está atrasado respecto de la realidad?

Porque una cosa es sancionar una conducta excepcional.

Otra muy distinta es insistir durante años en considerar excepcional algo que ocurre con una regularidad francamente envidiable.

Creo, sinceramente, que llegó el momento de sincerarnos.

Si el boxeo insiste en presentarse espontáneamente en tantos partidos de fútbol, quizá haya llegado la hora de dejar de tratarlo como un visitante incómodo y empezar a reconocerlo como un integrante oficial del espectáculo.

Con ese espíritu constructivo, y pensando siempre en el desarrollo del deporte mundial, me permito presentar a consideración de la FIFA una propuesta que considero impostergable.

La creación del FUTBOX.

No se trata de reemplazar al fútbol.

Se trata, simplemente, de poner el reglamento al día.

Porque, si somos honestos, la realidad ya hizo la mezcla. Lo único que falta es que alguien se anime a oficializarla.

A partir de allí, la creación del FUTBOX resultaría casi una consecuencia natural. No para reemplazar al fútbol, sino para actualizar un reglamento que hace tiempo dejó de describir lo que realmente ocurre en algunos partidos.

El nuevo deporte tendría normas propias. El VAR ya no revisaría únicamente posiciones adelantadas, sino también la limpieza técnica de un derechazo. Las estadísticas incluirían, junto a los goles y las asistencias, la cantidad de jabs conectados y ganchos efectivos. Los entrenadores incorporarían sesiones de velocidad de puños sin descuidar el toque de balón, y los comentaristas tendrían que aprender a distinguir un codazo accidental de un cruzado con buena técnica.

Naturalmente, todo ello bajo el más estricto espíritu deportivo.

Los patrocinadores no tardarían en ofrecer guantes oficiales, protectores bucales con tecnología de absorción de impactos y canilleras aptas para discusiones internacionales de alta intensidad. La FIFA, por su parte, podría crear dos premios individuales: el tradicional Balón de Oro y el flamante Guante de Platino, reservado para aquel futbolista capaz de combinar una asistencia magistral con un impecable juego de puños.

Al fin y al cabo, cuando se produce una bronca multitudinaria nadie cambia de canal. Todos nos acercamos un poco más al televisor, el relator eleva la voz y las repeticiones aparecen desde todos los ángulos posibles. Después fingimos indignación, pero ya vimos el derechazo ocho veces.

Por eso sigo creyendo que la FIFA tiene una oportunidad histórica. Puede continuar organizando campeonatos de fútbol... o reconocer, con la honestidad que merece el deporte moderno, que algunos partidos hace tiempo decidieron jugar también otro campeonato.

Y, como suele ocurrir con las grandes innovaciones, quizá lo único que falta sea bautizarlo oficialmente.

FUTBOX.

Confieso que, si algún día veo que un árbitro detiene un clásico para iniciar un conteo de protección hasta diez, prometo no sorprenderme. Después de todo, hace bastante tiempo que algunos partidos dejaron de decidirse únicamente con los pies.

 



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