La Oficina de Defensa del Profesional Disruptivo
¿Y si existiera una oficina donde pudieran acudir los profesionales que no fueron despedidos por incompetentes, sino por hacer demasiado bien su trabajo? La idea nació en una serie coreana, pero mientras más la pensaba, más me convencía de que en el Perú esa oficina tendría una cola larguísima. Este artículo no habla de ficción; habla de un tipo de poder que casi nunca aparece en los organigramas... pero que muchos han sentido en carne propia.
Siempre me han parecido curiosas
las reuniones de directorio.
No porque haya asistido a
demasiadas. De hecho, la inmensa mayoría de nosotros nunca se sentará en una de
ellas. Lo curioso es otra cosa. En esas reuniones pueden cambiar la vida de
personas que jamás sabrán que fueron tema de conversación. Mientras un ingeniero
está revisando un plano, una supervisora está cerrando un informe o un jefe de
mantenimiento está tratando de convencer a un proveedor de que, esta vez sí,
entregue los repuestos a tiempo, en algún piso bastante más arriba un grupo de
personas conversa sobre presupuestos, inversiones, riesgos, adquisiciones... y,
de cuando en cuando, sobre personas.
No hace falta que sea una
conversación larga. Ni siquiera especialmente tensa.
—¿Cómo va el proyecto de
modernización?
—Bastante bien.
—¿Y quién lo está liderando?
El gerente responde el nombre.
Uno de los directores frunce
apenas el ceño, como quien intenta recordar dónde escuchó ese apellido.
—Creo que es muy competente.
Hasta ahí, todo parece un elogio.
Luego viene una pausa.
Las pausas, en ciertos niveles de
una organización, suelen decir bastante más que las palabras.
—Aunque me han comentado que
genera demasiada fricción.
Nada más. La conversación
continúa. Se habla del flujo de caja, de la competencia, del precio del oro,
del dólar, de la próxima adquisición. Al terminar la reunión nadie ha dado una
orden. Nadie ha propuesto un despido. Nadie ha pedido sanciones. Si alguien
revisara el acta, probablemente no encontraría una sola línea relacionada con
aquel profesional.
Sin embargo, semanas después
empiezan a ocurrir pequeñas cosas.
Lo dejan de invitar a ciertas
reuniones.
Algunas decisiones empiezan a
tomarse sin consultarlo.
Los proyectos más interesantes
cambian de responsable. Las conversaciones se vuelven más breves. Las sonrisas
también.
Hasta que un día alguien le dice
que la empresa está entrando en una nueva etapa y necesita reorganizar algunas
posiciones. Son expresiones curiosas. Tienen la virtud de no explicar
absolutamente nada y, al mismo tiempo, parecer perfectamente razonables.
Naturalmente, el profesional
intenta entender qué ocurrió. Revisa sus indicadores. Todos están bien. Revisa
sus evaluaciones. También.
Los proyectos terminaron dentro
del plazo previsto. Los ahorros prometidos se consiguieron. Las auditorías
salieron sin observaciones importantes. Los clientes internos enviaron correos
de felicitación. Los números, que suelen ser bastante sinceros, no parecen
tener nada de qué avergonzarse.
Entonces aparece la pregunta
inevitable… Si los resultados estaban bien...¿qué fue exactamente lo que salió
mal?
Hace unos días, mientras veía la
serie coreana "Así Aprenderás", apareció una escena que me
hizo recordar esa pregunta.
No era la historia principal. De
hecho, sospecho que muchas personas ni siquiera le prestaron demasiada
atención. Pero yo terminé retrocediendo unos segundos para volver a verla.
En la serie aparecía una oficina
dedicada a atender casos de trabajadores que, sin haber cometido una falta,
terminaban convertidos en un problema para sus propias organizaciones.
La idea me pareció ingeniosa… Después
dejó de parecerme ingeniosa. Empezó a parecerme necesaria.
Porque, mientras avanzaba el
capítulo, no podía dejar de pensar que, si esa oficina existiera en el Perú,
probablemente tendría más trabajo del que cualquiera imaginaría.
No porque aquí sobren
profesionales conflictivos. Sino porque aquí también abundan organizaciones que
confunden dos conceptos completamente distintos: el profesional que incomoda...
y el profesional que incomoda porque está haciendo bien su trabajo.
Esa diferencia parece pequeña. No
lo es. Y sospecho que, si algún día esa oficina llegara a abrir sus puertas en
Lima, descubriríamos algo bastante incómodo.
Que la mayoría de las personas
que harían cola desde las siete de la mañana no irían a denunciar una
injusticia.
Irían, simplemente, a entender
qué fue lo que pasó.
La verdad es que, mientras veía
aquella escena de la serie, me distraje por completo de la historia principal.
Me quedé pensando en la oficina. Hay ideas que tienen esa rara virtud: aparecen
unos segundos en la pantalla y, sin pedir permiso, se instalan en la cabeza
durante varios días.
Así que empecé a imaginarla
funcionando en Lima. No me costó mucho. Incluso creo que ya encontré el
edificio. Está en alguna calle del centro, naturalmente. Estas oficinas
importantes nunca funcionan en distritos donde es fácil estacionar. Ocupa un
edificio antiguo, con escaleras de mármol gastadas por miles de zapatos,
ascensores que se toman su tiempo para llegar y un reloj en la pared que, por
alguna razón, siempre parece atrasar cinco minutos. Uno entra con la sensación
de que allí el tiempo avanza de otra manera.
El vigilante no hace demasiadas
preguntas. Tampoco hace falta. Después de algunos años ya aprendió a reconocer
a los visitantes apenas cruzan la puerta. No vienen furiosos ni indignados. Al
contrario. Llegan con esa expresión desconcertada que tenemos cuando sabemos
exactamente lo que ocurrió, pero no alcanzamos a entender por qué ocurrió.
Al fondo hay un dispensador de
números. El cartel dice simplemente: OFICINA DE DEFENSA DEL PROFESIONAL
DISRUPTIVO. Y debajo, con la austeridad propia de toda oficina pública, una
advertencia: "Antes de sacar su número, verifique que haya sido
despedido, desplazado o declarado incómodo por razones distintas a su
desempeño."
Siempre me hacen gracia esos
letreros absurdamente específicos. Uno sospecha que existen porque alguien hizo
exactamente lo contrario.
La sala de espera está casi
llena.
Hay un ingeniero civil revisando
por quinta vez una presentación que ya no tendrá oportunidad de exponer.
Una auditora mira el celular sin
leer realmente nada.
Un médico ocupacional sostiene
una carpeta con informes que probablemente ya nadie quiere discutir.
Más allá, un especialista en
mantenimiento parece seguir preguntándose por qué una propuesta que le ahorró
millones a la empresa terminó costándole el puesto.
Lo curioso es que nadie conversa.
No porque estén molestos. Sino porque todos creen que su caso es excepcional.
Todos piensan que llegaron allí
por una historia única, irrepetible, casi imposible de explicar.
Ignoran que, al otro lado de la
puerta, el funcionario ya escuchó esa misma historia unas cuatrocientas veces.
Naturalmente, no todos los
expedientes eran iguales. Algunos correspondían a profesionales que confundían
independencia con arrogancia, franqueza con falta de tacto o pensamiento crítico
con incapacidad para trabajar con otros. La oficina aprendió rápidamente que no
toda incomodidad era una señal de valor. Pero tampoco toda incomodidad era una
señal de error. Precisamente por eso los casos seguían llegando.
Cuando finalmente aparece el
número en la pantalla, entra el primero.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Cuál fue el motivo de su
separación?
—Ninguno, en realidad.
El funcionario sonríe con una
tranquilidad casi enternecedora.
—Todos empiezan diciendo eso.
—Es que... de verdad no hubo
motivo.
—Eso también lo dicen todos.
El hombre abre la carpeta y
empieza a sacar papeles como si estuviera intentando demostrar matemáticamente
que merece seguir existiendo.
—Aquí están mis evaluaciones. Todas
sobresalientes. Aquí están los indicadores.
Todos cumplidos. Aquí están los
ahorros que conseguimos el año pasado. Aquí están las felicitaciones de los
clientes internos.
Y aquí... —dice mientras busca un
documento que parece especialmente importante— ...aquí está el reconocimiento
que me entregó el propio gerente general hace ocho meses.
El funcionario observa los
papeles sin demasiado apuro. Después levanta la vista.
—¿Y cuándo empezó a notar que
algo había cambiado?
El ingeniero piensa unos
segundos.
—Ahora que lo pregunta... creo
que fue después de una reunión.
—¿Con su jefe?
—No.
—¿Con Recursos Humanos?
—Tampoco.
Hace una pausa.
—Fue después de una reunión de
directorio.
El funcionario asiente
lentamente. No escribe nada. No parece sorprendido. Simplemente toma un sello
de goma y lo coloca sobre la primera hoja del expediente: CASO TIPO 17.
El ingeniero frunce el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no es el primero.
Y, probablemente, tampoco será el
último.
Mientras el ingeniero salía de la
oficina, todavía mirando el sello que acababan de ponerle a su expediente, el
funcionario llamó al siguiente.
—Adelante.
Entró una mujer que, por la forma
en que acomodó cuidadosamente una carpeta sobre el escritorio antes de
sentarse, daba la impresión de haber pasado buena parte de su vida poniendo
orden donde otros dejaban desorden.
—¿Profesión?
—Auditora.
El funcionario sonrió apenas.
—Eso explica muchas cosas.
Ella también sonrió.
Probablemente era la primera vez,
en varios meses, que alguien encontraba gracioso que fuera auditora.
—¿Qué ocurrió?
—Encontré un problema.
—Supongo que para eso la
contrataron.
—Eso mismo pensé yo.
La respuesta hizo que ambos
guardaran silencio unos segundos.
Porque, cuando uno lo piensa
bien, resulta bastante difícil discutir esa lógica.
A un auditor se le contrata para
encontrar problemas.
A un médico, para encontrar
enfermedades.
A un abogado, para encontrar
riesgos legales.
Y a un ingeniero, normalmente,
para encontrar una mejor manera de hacer las cosas.
Sin embargo, ocurre un fenómeno
bastante curioso. Mientras el problema permanece escondido, todos coinciden en
que debería salir a la luz cuanto antes. Pero el día en que finalmente aparece,
la conversación cambia de tema. De pronto ya no interesa tanto el problema como
la persona que tuvo la imprudencia de descubrirlo.
No siempre ocurre, por supuesto.
Pero ocurre con una frecuencia
bastante mayor de la que muchas organizaciones estarían dispuestas a reconocer.
La auditora siguió hablando.
—El informe pasó todas las
revisiones. Nadie encontró errores. Técnicamente estaba bien sustentado.
Incluso algunas de las observaciones fueron corregidas casi de inmediato.
—Entonces...
—Entonces empezaron las
reuniones.
El funcionario levantó la mirada.
No porque la respuesta lo
sorprendiera.
Sino porque esa palabra aparecía
demasiadas veces en los expedientes: Reuniones. No memorandos. No
sanciones. No cartas notariales… Reuniones.
Resultaba curioso.
La mayoría de las historias no
comenzaban con un conflicto. Comenzaban con una conversación. Al principio eran
reuniones perfectamente normales. Después alguien dejaba de ser convocado. Luego
aparecía una reorganización. Más tarde llegaba un nuevo gerente. Finalmente
desaparecía el cargo. Era casi una coreografía.
Y, como ocurre con todas las
buenas coreografías, nadie alcanzaba a distinguir dónde había empezado
realmente.
Fue entonces cuando recordé una
conversación que tuve hace algunos años con un director de empresa.
Era una persona brillante.
De esas que hablan poco y
consiguen que los demás escuchen.
Mientras conversábamos sobre
liderazgo, dijo una frase que en ese momento me pareció completamente
razonable.
—Un director nunca debería
administrar personas.
Asentí.
Era difícil no hacerlo.
Continuó hablando.
—Para eso existen los gerentes.
Volví a asentir.
También parecía razonable.
Pero, mientras seguía
escuchándolo, empecé a notar una diferencia enorme entre lo que decía y lo que,
muchas veces, termina ocurriendo.
Porque, efectivamente, un director no administra personas. No aprueba vacaciones. No cambia horarios. No firma evaluaciones de desempeño. No decide quién recibe un bono. No llama la atención por llegar tarde... Ni siquiera conoce, en muchos casos, a la mayoría de los profesionales que trabajan en la organización.
Sin embargo...
Puede cambiar el destino de uno de ellos con una facilidad sorprendente. No porque tenga autoridad jerárquica. Sino porque posee algo bastante más poderoso. Influencia. Y la influencia tiene una característica que la vuelve especialmente difícil de detectar. No necesita expresarse como una orden. Le basta convertirse en una expectativa.
Nadie escucha jamás una frase
como:
"Quiero que ese
profesional salga de la empresa."
Sería demasiado burda. Demasiado evidente. El poder elegante no habla así. Prefiere comentarios mucho más sutiles: "No sé si ese perfil encaja con la etapa que viene". "Quizá necesitamos alguien con otro estilo". "Es muy bueno técnicamente... aunque genera demasiadas fricciones"...
Vistas por separado, son frases completamente inocentes. Incluso podrían ser ciertas. El problema aparece cuando quien las escucha no es un observador cualquiera. Es el gerente.
Y el gerente entiende perfectamente que algunas frases no describen la realidad. Describen el futuro.
Nadie tiene que decir nada más.
Porque hay silencios que, dentro
de una organización, vienen con instrucciones incorporadas.

Comentarios