Olor a mar…

Manejaba por la Costa Verde, con el crepúsculo limeño extendiéndose como un incendio lento sobre el mar. El reflejo del sol en las olas me devolvía una nostalgia que no era de nadie, como si la memoria inventara recuerdos para acompañar la ruta. El aroma salado del aire se mezclaba con un silencio que parecía infinito, y yo, irreverente, sentí la urgencia de gritar “TE AMO”. Varias veces. Como un mantra exquisito, como una dosis de algo que me reseteaba por dentro y me sacaba la asfixia de los días grises.

Como fumando, “golpeo” la brisa marina, y hasta siento el plancton…y sin vergüenza ni remordimiento grito TE AMO…y suspiro. Los ojos se me cerraron por unas breves segundos…

Había escuchado hace años a un especialista en neurobiología decir que el amor es pura química cerebral, dopamina y oxitocina jugando a las escondidas. Pero yo, en ese instante, lo sentí más grande que cualquier fórmula: tan vasto que no alcanza una vida entera para asimilarlo. Quizás por eso existen las reencarnaciones, pensé, para que ese sentimiento siga vivo, multiplicado, como un eco que no quiere apagarse.

El horizonte se oscurecía lentamente, mientras me acariciaba la música de Bach en modo jazz… El amor, pensé, es un reflejo que insiste, que se rehace en cada existencia, que se niega a morir. Amar, aunque sea al vacío, es la forma más elegante de resetearse y seguir viviendo. Y si la vida no basta, habrá otra, y otra más, porque el amor exige infinitas oportunidades para desplegarse.

Seguí manejando, con la certeza irreverente de que esas palabras —“TE AMO”— no eran para nadie -aunque podrían serlo- sino para el universo entero, y sobre todo, para mí mismo. Y en ese juego de gritos mudos y silencios aturdidores, entendí que amar es la travesura más poética del cerebro, y que quizá la eternidad no sea más que un laboratorio de reencarnaciones donde el amor se prueba una y otra vez, hasta convencernos de que nunca se acaba.

Apreté un poco más el timón. La música seguía. El crepúsculo también.

Y en ese ir y venir de luces, de brisa y de palabras que no esperaban respuesta, entendí sin pensarlo mucho que podía seguir manejando…y seguir viviendo.

 

 

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