Resucitemos a MORAVECO La marca MORAVECO (Nombre compuesto por las primeras dos letras de cada uno de sus socios fundadores: MOrales, RAmos y VEliz) ya no existe, pero en las décadas de los 60 y 70 gozó de gran prestigio. MORAVECO era la marca de electrodomésticos y carrocerías (aparte de algunos juguetes), netamente nacional, que fue la preferida de los hogares peruanos (aunque – es cierto -se benefició de los altos aranceles de los productos competidores extranjeros). Existen después de más de cuatro décadas, refrigeradoras MORAVECO que siguen funcionando en ciertos hogares. El tema está en que se puede aprovechar la historia (o leyenda) de esta marca peruana de productos de muy alta calidad, para relanzar la industria nacional de los electrodomésticos y carrocerías, generando una comunidad que participe del sueño de lograr un país desarrollado basado en tecnología avanzada, que incluso podría incluir la fabricación de micro o nanosatélites, y nuevos adminículos,...
Cuando comencé a leer los comentarios sobre el artículo “Resucitemos a Moraveco” en este blog (Oct, 2015), proponiendo aprovechar la buena fama de esa marca en décadas pasadas, apenas imaginaba que detrás de la historia de una empresa de electrodomésticos peruana hubiese también un rincón secreto de nuestra historia nacional. Pero poco a poco, entre líneas dispersas, apareció un nombre que volvió punzante los recuerdos: Morochuco. Aquella conversación no empezó como un relato público: surgió primero como una confesión contenida, fruto de décadas de silencio. El Ing. Manuel Luque Casanave, que trabajó en Moraveco en los años setenta, se animó a comentar en 2018 que había formado parte de un proyecto militar tan confidencial que ni siquiera podía mencionarlo en casa. Sus palabras llegaban con la misma cautela de alguien que desempolva recuerdos guardados en un cajón oscuro: “Esto estaba clasificado… no podía comentarlo ni con mi familia”. Fue solo el comienzo de una memo...
Cursaba el tercer año de secundaria en el colegio Independencia de Miraflores, y me había propuesto ocupar el primer puesto del salón. El año anterior quedé segundo, detrás de Soto, el aplicado que sacaba veinte en casi todo. Pero Soto ya se había cambiado de colegio. El primer puesto, por primera vez, estaba libre. No siempre había tenido posibilidades claras. En primero de secundaria, con diez años, casi repito: desaprobé Matemáticas y Lenguaje. Recuerdo la tarde en que llegaron las notas. Mi padre leyó la libreta en silencio, caminó hasta el cuarto y regresó con el cinturón en la mano. Más que la fuerza de los golpes, lo que se me quedó grabado fueron sus gestos: la mandíbula apretada, los ojos duros, la decepción sin maquillaje. Cuando terminó, dejó el cinturón sobre la mesa. —Tú vas a estudiar en la UNI —dijo—. No me hagas quedar mal. Yo tampoco quería quedar mal. Días después le exigí que me comprara el libro 1,100 problemas de matemáticas de Rubén Romero Méndez. No era ...
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