Cursaba el tercer año de secundaria en el colegio Independencia de Miraflores, y me había propuesto ocupar el primer puesto del salón. El año anterior quedé segundo, detrás de Soto, el aplicado que sacaba veinte en casi todo. Pero Soto ya se había cambiado de colegio. El primer puesto, por primera vez, estaba libre. No siempre había tenido posibilidades claras. En primero de secundaria, con diez años, casi repito: desaprobé Matemáticas y Lenguaje. Recuerdo la tarde en que llegaron las notas. Mi padre leyó la libreta en silencio, caminó hasta el cuarto y regresó con el cinturón en la mano. Más que la fuerza de los golpes, lo que se me quedó grabado fueron sus gestos: la mandíbula apretada, los ojos duros, la decepción sin maquillaje. Cuando terminó, dejó el cinturón sobre la mesa. —Tú vas a estudiar en la UNI —dijo—. No me hagas quedar mal. Yo tampoco quería quedar mal. Días después le exigí que me comprara el libro 1,100 problemas de matemáticas de Rubén Romero Méndez. No era ...
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