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Olor a mar…

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Manejaba por la Costa Verde, con el crepúsculo limeño extendiéndose como un incendio lento sobre el mar. El reflejo del sol en las olas me devolvía una nostalgia que no era de nadie, como si la memoria inventara recuerdos para acompañar la ruta. El aroma salado del aire se mezclaba con un silencio que parecía infinito, y yo, irreverente, sentí la urgencia de gritar “TE AMO”. Varias veces. Como un mantra exquisito, como una dosis de algo que me reseteaba por dentro y me sacaba la asfixia de los días grises. Como fumando, “golpeo” la brisa marina, y hasta siento el plancton…y sin vergüenza ni remordimiento grito TE AMO…y suspiro. Los ojos se me cerraron por unas breves segundos… Había escuchado hace años a un especialista en neurobiología decir que el amor es pura química cerebral, dopamina y oxitocina jugando a las escondidas. Pero yo, en ese instante, lo sentí más grande que cualquier fórmula: tan vasto que no alcanza una vida entera para asimilarlo. Quizás por eso existen las reen...

Telepatía: intuición entrenable y documentos desclasificados

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  Telepatía: intuición entrenable y documentos desclasificados Hace unos años descargué directamente de la página oficial de la CIA un documento desclasificado (2003) que me dejó perplejo. Se trata de un informe técnico fechado en agosto de 1973, que detalla una serie de experimentos realizados por el Instituto de Investigación de Stanford (SRI) con el mentalista Uri Geller. Sí, la CIA —la agencia de inteligencia más poderosa del planeta— financió y supervisó pruebas para evaluar si la telepatía era real. Entre el 4 y el 11 de agosto de 1973, el famoso mentalista Uri Geller fue sometido a rigurosos experimentos en el SRI, bajo condiciones controladas, con el objetivo de evaluar su capacidad de percepción paranormal. Estos archivos, ahora públicos, muestran que la inteligencia estadounidense no solo consideró la telepatía como una posibilidad, sino que invirtió recursos para estudiarla científicamente. Lo que encontré no fue una fantasía ni un rumor conspirativo, sino un proto...

El “rabo de paja”: por qué algunas personas no pueden reclamar nada

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En muchos países de habla hispana existe una expresión muy gráfica: tener “rabo de paja” . Se usa para describir a alguien que no puede exigir normas o criticar a otros porque él mismo no las cumple . No importa que tenga un cargo, autoridad o poder. Si sus actos contradicen lo que exige, su autoridad moral se derrumba. El problema no es solo moral. Es también social y psicológico : cuando detectamos incoherencia en alguien que reclama reglas, automáticamente dejamos de tomarlo en serio. En otras palabras: cuanto mayor es la distancia entre lo que una persona exige y lo que realmente hace, más largo es su rabo de paja. Aquí algunos ejemplos: El líder ambiental que exige reducir la huella de carbono… pero toma vuelos internacionales constantemente para asistir a conferencias. El médico que habla sobre los riesgos de tener sobrepeso… pero él mismo es notoriamente obeso. El presidente de la junta de propietarios de un condominio que no puede exigir el cumplimiento del reglamento interno a...

Todo logro comienza con algo más poderoso que el dinero

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Antes que el dinero, lo primero que realmente se necesita es ánimo, ganas y optimismo . Esa es la energía inicial que pone en movimiento cualquier proyecto, idea o meta personal. Sin esa actitud interior, incluso las mejores oportunidades pasan desapercibidas. En cambio, cuando existe entusiasmo y disposición para avanzar, comienza a construirse el verdadero motor del progreso. A esa actitud debe sumarse algo igual de importante: la perseverancia racional . No se trata solo de insistir, sino de aprender, ajustar el rumbo y seguir adelante con inteligencia. Día a día, paso a paso, ese esfuerzo constante empieza a generar experiencia, claridad y pequeñas victorias. Con el paso de los meses, ese proceso produce algo fundamental: seguridad en uno mismo . La confianza nace de la práctica y de comprobar que el esfuerzo sostenido sí da frutos. Esa seguridad alimenta nuevas ganas de continuar. Y entonces ocurre lo que muchos esperan: los resultados comienzan a aparecer . Porque cuando l...

Penaban en la casa vieja...

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En la “casa vieja”, donde pasé mi infancia, en la zona antigua de Surquillo, penaban….o al menos eso era lo que decían mis parientes. Es que se escuchaban extraños ruidos en la noche, y en la madrugada. Recuerdo que cuando me quedaba estudiando y haciendo tareas escolares en el comedor a los ocho años de edad, sentía la casa bien “pesada” (así se dice cuando está cargada de energía negativa y de entes demoníacos)….a veces me daba miedo. Siempre trataba de dar una explicación científica y lógica a cada ruido que se escuchaba….por ejemplo, si sonaba el techo en la medianoche, sabía que se debía a que un gato negro gigantesco saltaba desde el tercer piso del vecino hasta el techo de mi comedor….si se escuchaban ruidos dentro de un ropero antiguo era porque un ratón estaba haciendo de las suyas….si se escuchaba un ruido como el rebote de bolitas de vidrio en una lápida, entendí que se generaba en las tuberías y que se trataba del golpe de ariete o pulso de Zhukowski cuando se cierra brusca...

Resucitemos a Moraveco...y casi resucita

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Cuando comencé a leer los comentarios sobre el artículo “Resucitemos a Moraveco” en este blog (Oct, 2015), proponiendo aprovechar la buena fama de esa marca en décadas pasadas, apenas imaginaba que detrás de la historia de una empresa de electrodomésticos peruana hubiese también un rincón secreto de nuestra historia nacional. Pero poco a poco, entre líneas dispersas, apareció un nombre que volvió punzante los recuerdos: Morochuco. Aquella conversación no empezó como un relato público: surgió primero como una confesión contenida, fruto de décadas de silencio. El Ing. Manuel Luque Casanave,     que trabajó en Moraveco en los años setenta, se animó a comentar en 2018 que había formado parte de un proyecto militar tan confidencial que ni siquiera podía mencionarlo en casa. Sus palabras llegaban con la misma cautela de alguien que desempolva recuerdos guardados en un cajón oscuro: “Esto estaba clasificado… no podía comentarlo ni con mi familia”. Fue solo el comienzo de una memo...

Teatro Canout

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Cursaba el tercer año de secundaria en el colegio Independencia de Miraflores, y me había propuesto ocupar el primer puesto del salón. El año anterior quedé segundo, detrás de Soto, el aplicado que sacaba veinte en casi todo. Pero Soto ya se había cambiado de colegio. El primer puesto, por primera vez, estaba libre. No siempre había tenido posibilidades claras. En primero de secundaria, con diez años, casi repito: desaprobé Matemáticas y Lenguaje. Recuerdo la tarde en que llegaron las notas. Mi padre leyó la libreta en silencio, caminó hasta el cuarto y regresó con el cinturón en la mano. Más que la fuerza de los golpes, lo que se me quedó grabado fueron sus gestos: la mandíbula apretada, los ojos duros, la decepción sin maquillaje. Cuando terminó, dejó el cinturón sobre la mesa. —Tú vas a estudiar en la UNI —dijo—. No me hagas quedar mal. Yo tampoco quería quedar mal. Días después le exigí que me comprara el libro 1,100 problemas de matemáticas de Rubén Romero Méndez. No era ...