Resucitemos a MORAVECO La marca MORAVECO (Nombre compuesto por las primeras dos letras de cada uno de sus socios fundadores: MOrales, RAmos y VEliz) ya no existe, pero en las décadas de los 60 y 70 gozó de gran prestigio. MORAVECO era la marca de electrodomésticos y carrocerías (aparte de algunos juguetes), netamente nacional, que fue la preferida de los hogares peruanos (aunque – es cierto -se benefició de los altos aranceles de los productos competidores extranjeros). Existen después de más de cuatro décadas, refrigeradoras MORAVECO que siguen funcionando en ciertos hogares. El tema está en que se puede aprovechar la historia (o leyenda) de esta marca peruana de productos de muy alta calidad, para relanzar la industria nacional de los electrodomésticos y carrocerías, generando una comunidad que participe del sueño de lograr un país desarrollado basado en tecnología avanzada, que incluso podría incluir la fabricación de micro o nanosatélites, y nuevos adminículos,...
Cuando comencé a leer los comentarios sobre el artículo “Resucitemos a Moraveco” en este blog (Oct, 2015), proponiendo aprovechar la buena fama de esa marca en décadas pasadas, apenas imaginaba que detrás de la historia de una empresa de electrodomésticos peruana hubiese también un rincón secreto de nuestra historia nacional. Pero poco a poco, entre líneas dispersas, apareció un nombre que volvió punzante los recuerdos: Morochuco. Aquella conversación no empezó como un relato público: surgió primero como una confesión contenida, fruto de décadas de silencio. El Ing. Manuel Luque Casanave, que trabajó en Moraveco en los años setenta, se animó a comentar en 2018 que había formado parte de un proyecto militar tan confidencial que ni siquiera podía mencionarlo en casa. Sus palabras llegaban con la misma cautela de alguien que desempolva recuerdos guardados en un cajón oscuro: “Esto estaba clasificado… no podía comentarlo ni con mi familia”. Fue solo el comienzo de una memo...
En los años 90, Daniel Goleman popularizó el concepto de Inteligencia Emocional, explicando cómo la gestión de emociones podía mejorar las relaciones y reducir conflictos. Sin embargo, una corriente crítica sostiene que este discurso fue rápidamente absorbido por las corporaciones para neutralizar la rebeldía legítima y convertir la docilidad en virtud. Alineados esta otra corriente, están los siguientes autores: Eva Illouz (Saving the Modern Soul, 2008): muestra cómo el lenguaje emocional desplaza los conflictos sociales hacia el terreno individual, ocultando las raíces estructurales de la explotación. William Davies (The Happiness Industry, 2015): denuncia cómo la medición y manipulación de emociones se convierte en un recurso económico para aumentar productividad. Frank Furedi (Therapy Culture, 2004): advierte que la cultura terapéutica promueve vulnerabilidad y dependencia, debilitando la capacidad de cuestionar el poder. A continuación las características má...
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